Dándose a desear

En una población gobernada por el narco, se organiza un concurso donde varias mujeres, mediante su belleza y algunas habilidades, compiten por ganar una importante suma de dinero conocida popularmente como “Chiva”. Dado que la principal fuente de ingresos en aquella localidad se finca en la producción y el tráfico de narcóticos, nunca falta el billete. Y ellas lo saben.

Es por ello que, año con año, la contienda se nutre con numerosas féminas que acuden desde diversos lares. Aquellas mujeres se suben al entarimado con toda intención de darse a desear. Y no dudan en exponer su mejor faceta con tal de seducir al público presente.

El concurso de este año apenas iniciaba. Las chicas, mediante sus trémulos meneos, trataban de exponer lo más cachondo de sus propios cuerpos.

Y es que, según los aplausos que ganaran, serían seleccionadas para pasar a la siguiente etapa. La más aplaudida acreditaba y las otras se descartaban; así iniciaban las preliminares.

Como otros años, la participación femenil era de lo más variada: Gordas; gordibuenas; delgadas; delineadas; caderonas; culonas; acinturadas; flacas; chaparras; morenas; apiñonadas; güerillas; güerquillas… ufff. El surtido era totalmente diverso.

Por ello se podría decir que el concurso es más abierto y quizás hasta más honesto que los famosos certámenes de belleza, tanto nacionales como internacionales, pues se admite a cualquier mujer. Con tal de que esté dispuesta a brindar placer.

Aquí no importa si no se tienen las medidas perfectas, ni tan siquiera hay un límite de edad definido. Hay mujeres muy bellas, obviamente (en la región muchas lo son), pero no sólo la belleza física está en juego. Y de eso pueden dar testimonio ganadoras pasadas, quienes sin ser las más jóvenes, o las más lindas de cuerpo (apegadas al modelo convencional), ganaron la Chiva por otras habilidades, también muy bien valoradas.

Que sirva de ejemplo Ana Paola, quien hace dos años ganó una vez hubo invitado a dos hombres del público a abordarla analmente (pero al mismo tiempo), mientras que ya cabalgaba a un espontáneo que se había subido por cuenta propia al escenario.

El atrevimiento expuesto ante el público presente, le valió el triunfo de ese año.

Y hace tan sólo cinco años, Herminia, logró el triunfo al tragarse doce venidas de miembros de la concurrencia; sin dar muestras de asco (eso también hay que decirlo).

Pero la chamacada que esta vez acudía no pensaba en ello. En los camerinos, mientras se alistaban para salir al escenario, muchachas de entre diecinueve a veintitantos años presumían sus atributos dejándolos al descubierto.

Tan orgullosas de sus cuerpos se mostraban, que no dudaban en pedir a otras compañeras les tomaran fotos o videos con sus celulares.

Por su parte, Zuleyma González; toda una hembra bien desarrollada (criada por madre soltera que le dio las bases para ser una mujer indomable); vio aquello con desdén, mientras terminaba de maquillarse. Para ella, aquellas eran unas chiquillas inexpertas que no sabrían sacarle el mejor provecho a sus cuerpos en toda su vida.

La cosa no era sólo tener, sino saberlo mover. Ella lo sabía muy bien. No se podía confiar sólo con lo que la naturaleza le había dado, y por ello Zuleyma lo había pulido con ejercicio, y lo movía con sabiduría. Con el conocimiento de lo que los hombres desean, pero sin regalárselos así como así.

Y así lo demostró. Zuleyma salió al escenario mostrando sólo lo que ella quería mostrar, y no más. Sin necesidad de hacer caso a las exigencias de los hombres, quienes demandaban que se quitase por completo la ropa, conquistó al público presente, únicamente con excelentes y eróticos movimientos.

La mujer de cuerpo imponente, cuyas sugerentes curvas generaban los pensamientos más indecentes, se llevó los máximos aplausos en esa etapa de preliminares.

Luego vino la fiesta. La tradicional recepción en la que las concursantes conocían y convivían con organizadores del evento, y alguna que otra gente “pesada” de la región. Aquí no faltaba quien se pusiera “lista” y dispuesta.

Dispuesta a conquistar a algún narco que la hiciera su amante de cabecera, su Buchona (como por ahí se dice). Había quien creía que eso le resolvería la vida, y por ello tal acogida pronto se convirtió en tremenda cogida para más de una.

Ahí, enfrente de todos, hubo quien se abrió de piernas y así recibió macho.

Más de uno se unió al convite y así, mientras era penetrada, no era de extrañar que la chica en cuestión también mamara pito.

Otras, montaban como verdaderas amazonas, a los machos que las poseían. Y estos lo hacían, pese a que, muchas de las veces, ni siquiera sabían sus nombres aún.

Entre las participantes de tal orgía, no faltaban jovencillas cuya edad y complexión quedaban muy por debajo de sus atacadores.

Más de una, delgada y chaparrita, tenía que pararse de puntitas para corresponder a la altura de su penetrador, o, incluso, apoyarse a una pared para tolerar los violentos asaltos del vil y pelado que la fornicaba como si de ello dependiera su vida.

Aquí, de nuevo, la variedad imperó, habiendo jóvenes y maduras por igual.

Aunque Zuleyma, por su parte, no perdió el tiempo rebajándose a ser la diversión momentánea de cualquier narco. Se dio a desear, eso sí. Pero con nadie se entregó.

Muy bien sabía que en aquella tertulia más perdían ellas (las que se dejaban) y más ganaban ellos (los que se aprovechaban).

Mientras tomaba una bebida, notó a una jovencilla. Le llamó la atención que una chiquilla así estuviera en esa recepción. Pues la edad que aparentaba era muy inferior a sus otras compañeras. Se veía bien morrilla. Parecía una chamaca sacada imprudentemente del colegio.

Era delgada; morena; no muy alta, y no muy desarrollada. Nada en su físico llamaba la atención; no era especialmente bonita, aunque no era fea tampoco.

Cuando vio que un tipo se le acercaba a la chamaca, con notables “malas” intenciones, a Zuleyma le pinchó el instinto. Se vio impulsada a intervenir.

—¡Ah, aquí estás! Te me habías perdido, vente pa’ cá, que aquí anda el bato que te quiero presentar —le dijo Zuleyma y se la llevó.

Ya apartadas del gentío, mujer madura y joven hembra conversaron.

—Ay criatura, pero tú que andas haciendo en esto. Estás muy morrilla como para… (y Zuleyma la vio de arriba a abajo) ¿Cómo te llamas? —le cuestionó.

—Belén —le respondió tímidamente, pero no dijo más.

La chica se notaba temerosa. A Zuleyma le dio la impresión de que aquella no estaba allí por decisión propia. Además, por su forma de vestir, vio que, probablemente, procedía de un entorno humilde. Eso le aguijoneó el corazón, ella también había padecido la pobreza, aunque quizás no a tal grado.

Esa noche, Zuleyma la mantuvo alejada del peligro llevándosela de la fiesta. Posteriormente se despidieron prometiéndose reencontrarse al día siguiente.

La Prueba de Fuego dio inicio. Cada una de las finalistas trató de demostrar de lo que era capaz, con tal de llamar la atención para ser proclives a ganarse la Chiva.

Maricruz García apareció con un vestuario de lo más peculiar: Un top que, pese a cubrirle el torso, tenía dos grandes agujeros por los que sus enormes y colgantes senos escapaban. También llevaba un short ajustado a sus enormes caderas que, igualmente, tenía apertura, sólo que ésta estaba justo frente a su sexo.

Adicionalmente, llevaba un instrumento suplementario. Un pene artificial con una ventosa en la base, ventosa que lamió sensualmente para luego adherirla al suelo.

Con una rítmica música de fondo, la mujer bailó de manera por demás ardiente, moviendo sus tremendas caderas antojándoselas al público presente.

Luego, y de poco a poco, fue bajando su pelvis hacia el piso. Hasta quedar en cuclillas. Entre meneo y meneo, la dama acercó la hendidura vertical de su prenda inferior haciendo que sus labios sexuales besaran el falo de plástico.

Después de unos besos más, y sin necesidad de más ayuda que la de su propio peso, ella solita se introdujo el miembro inerte, el cual se le escurrió sin mayor problema gracias a su propio lubricante natural.

Poniéndose de rodillas y de espalda al público, con la verga plástica bien atrapada, agitó sus nalgas batiéndolas hacia el público.

Se llevó sus merecidos aplausos. Pero en esta etapa sólo se conocería a la ganadora hasta que todas las finalistas hubiesen pasado.

Mientras que otra participante ocupaba el escenario, Zuleyma se preguntaba dónde andaría Belén; no la había visto en todo el día.

María Antonia, por su parte, para su espectáculo sacó otro falo artificial, pero aquél era de chocolate y era enorme.

Aquel oscuro instrumento fue introducido por la vía del placer de la dama, quien no dejó de hacerlo resbalar por aquel ardoroso túnel hasta que su propio calor corporal lo derritió por completo. Luego, la propia participante invitó a alguno de los espectadores a que subiera a probar los residuos de lo que había sido la escultura fálica.

Más de uno degustó de varias lamidas a aquella cobertura achocolatada.

Dejando el dulce espectáculo, Zuleyma decidió ir en busca de la chica, olvidándose por el momento de la mentada Chiva.

En un entablado montado en la plaza repleta de gente (quizás un escenario más rústico y más rodeado de “perrada” que en el que la propia Zuleyma había estado), vio a Belén.

La morrilla bailaba con movimientos más inocentes que sensuales. Casi inmediatamente un chavillo más bajo que ella se subió al entarimado. Belén no pareció sorprenderse de él, incluso lo invitó a seguirla en su movimiento. El chamaco la persiguió y demostrando su poca educación y nulo respeto por la chiquilla, no sólo la desnudó salvajemente, sino que la hizo objeto de vulgares insinuaciones sexuales que, dado la calidad del público presente, éste lo aplaudió y alentó.

Luego, aquel bato invitó a otros dos para que subieran y también participaran. Uno de los chicos tomó a Belén desde detrás apropiándose inmediatamente de sus pechos. Con toda la fuerza de sus manos, le apretó los senos como si los quisiera reventar.

Zuleyma trató de aproximarse al entablado, y evitar que aquello prosiguiera, pero el gentío le dificultó desplazarse.

Por su lado, el otro chico que tenía enfrente, tomó a Belén de las nalgas y las hizo suyas entre caricias y apretones.

De aquel toqueteo salvaje, y a****l agasajo, fue víctima Belén, y Zuleyma no pudo evitarlo. Por su parte la joven torturada simplemente se dejó hacer.

Uno de aquellos chavales se fue de lleno a comerle la gruta vaginal, mientras otro se sacó la verga e hizo que Belén se la mamara. La chiquilla fue proclive a chupar el miembro pese a la naturaleza de la situación.

Zuleyma se sintió mal al ver eso.

El que estaba al sur de su cuerpo no tardó en apoderarse de su clítoris que a lengüetazos hizo suyo. Los gemidos en la chiquilla fueron claramente oídos por el público presente, gracias a que el primer chico acercó un micrófono a los labios de la eufórica chamaca. Todo mundo vitoreó lo que estaba ocurriendo.

Zuleyma quedó sólo como mudo testigo de aquel vergonzoso espectáculo.

No se le dejó de dar “placentera” tortura al par de tetas de la morrilla que, pese a su precario desarrollo, conocieron en ese momento lo que la vida les deparaba.

Alguien gritó:

—¡Órale güeyes! ¡Cójansela!

No se supo quién, pero los chamacos no tardaron en aceptar la instrucción así que prepararon sus cañuelas para la penetración.

Cada cual se recostó a cada lado, poniéndola a ella de costado. De tal manera que formaron un sándwich humano.

Las dos vergas anunciaron su temido arribo al embarrarse previamente en las aberturas naturales del cuerpo de Belén. Una se batía en la entrada vaginal, mientras que la otra embarraba la saliva de su dueño con movimientos circulares en el orificio anal de la chamaca.

Aquello sería un ataque simultáneo por dos frentes.

El liencillo natural en el interior de aquella chiquilla saltó hecho pedazos y un poco de sangre mojó el aparato reproductor del joven invasor. En cuanto al asaltante trasero, le fue más difícil abrirse paso, pero también lo hizo, dilatando aquel anillo lo suficiente como para que recibiera macho.

Aquellas dos invasiones fueron un total tormento para la hija de campesino, quien probablemente ni enterado estaba del paradero de su retoño. Belén gritó todo cuanto pudo, expresando su sufrir. El agudo chillido, sin embargo, fue causa de placer para los hombres que fueron testigos de aquel desvirgamiento. Después de todo, para eso estaban allí, para gozar de un “espectáculo” como ese, y no para apenarse de la ventura de una chiquilla.

Luego la pusieron en cuatro y siguieron taladrándola, ahora el que ya había probado vagina cambió con su compañero para probar recto, mientras que el otro (sin siquiera limpiársela) se la metió a su sexo.

La pobre sufrió en su propio cuerpo de lo que eran capaces los pobladores de aquella región donde, desde morrillos, suelen anhelar tener por cuenta propia una “troca” bien lujosa; ser los meros jefes de la Plaza o, ya de perdis, tener un cuerno de chivo pa’ matar a quien se les ponga enfrente.

Después de ver aquello, Zuleyma lloró amargamente. Nunca había sentido tal tristeza, tal pena por alguien. Nunca le había afectado algo así.

Cuando se encontró con Belén nuevamente, ella le explicó.

Aquel primer joven que apareció en su acto, era su propio hermano. Un chaval aspirante a narquillo quien se hacía llamar por el mote del “Tombero”.

El “Tombero”, incluso, había vendido la virginidad de su propia hermana al mejor postor, y fue así como aquella padeció aquel vil acto.

«¡Puta…! ¡Desgraciado hijo de mil pu…!», se dijo Zuleyma.

Aquél la había vendido de aquella manera con el fin de congratularse para que lo aceptaran en las filas del narco.

Y qué hacer contra eso. Qué hacer contra toda una población que acepta un hecho así como parte de su realidad, e incluso de su habitual diversión.

Zuleyma tomó una decisión, llegado su turno, la mujer hizo babear a más de uno al mostrar de nueva cuenta sus cualidades físicas.

Con mucha habilidad, y de muy poco a poco, fue desprendiéndose de sus prendas hasta quedar completamente desnuda.

Al ya saberse dueña de la audiencia, tomó a tres voluntarios y ahí, enfrente de todos, se los fornicó. Dos por la vagina y uno por el ano. Cada uno se vino en ella, por demás abundantemente.

Y no sólo una vez, pues los exprimió tanto como pudo. A aquellos tres desconocidos los convirtió en hermanos de leche, así como así.

Y hasta eso, no les importó batir mecos ajenos.

Tras aquel batido, hizo gárgaras con ellos y los soltó, para el agrado de la concurrencia, quienes no dejaron de tomar fotos y grabar video.

Al final, la promisoria “Chiva” le fue entregada a Zuleyma, con todas las de la ley. Ella utilizó lo bien ganado para dejar atrás aquellas tierras dominadas por el narco y la violencia.

Eso sí, no se fue sola. Se llevó a Belén.

Zuleyma se consiguió un amante de planta; uno que le brindó una vida lo suficientemente holgada pero quien (se aseguró) no era narco.

Gracias a él, no sólo llevó una vida relativamente desahogada, sino que le pagó los estudios a Belén, a quien procuró como si de una hermana menor se tratase.

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