Conociendo al señor Manuel VI

Esa noche la cena fue algo diferente. Los tres estábamos distintos. José me mandaba continuamente miradas pícaras, y en cuanto podía me acariciaba bajo la mesa mis piernas y mi cadera; el señor Manuel estaba menos tenso que otras veces, pero se daba cuenta de la felicidad de José, y cuando me miraba, se ponía colorado de timidez; y yo… tengo que reconocer que llevaba toda la cena muy caliente y nerviosa.

Como el resto de noches de esa semana, José se despidió y se fue a trabajar, y yo me quedé sola con Manuel. Mi cuerpo estaba muy caliente, y no precisamente por el calor ambiental, sino por el nerviosismo que me creaba la situación nueva. Aún no podía creer tener para mí dos hombres para mí sola, pero no dos hombres cualquiera, sino mi amado y maravilloso marido, y nuestro vecino Manuel, tan tierno y dulce siempre conmigo, y a la vez tan inocente en todo lo que le estaba enseñando a hacer, cosa que me hacía disfrutar aún más cada instante junto a él.

Acabamos de cenar, y yo todavía no me había duchado, así que me metí al baño, pero tuve que contenerme bajo el agua. Mi cuerpo pedía que me tocase, pero teniendo al señor Manuel cerca, preferí reservarme, aunque no sé si eso fue buena idea, ya que salí muy limpita, pero con una calentura tremenda. No sé qué me sucedía, si eso era normal, pero estaba como una perra en celo, y, lo peor de todo, o lo mejor, que me encantaba.

Entré en el dormitorio, y cogí un camisón muy sexi y muy corto, y no me puse ropa interior debajo. Mis pezones se transparentaban, y apenas llegaba la caída más que cuatro dedos por debajo de la nalga. Al verme aparecer así en el salón, al señor Manuel se le hicieron chiribitas los ojos, y no pudo evitar mirarme de arriba abajo, apartando luego la mirada hacia la televisión.

– ¿Le gusta mi camisón, Manuel?- Le dije para hacer que me mirara nuevamente y ver su reacción.

– Es muy bonito, pero demasiado provocativo.

– ¿Demasiado provocativo? ¿Entonces no le parece que me quede bien?

– Claro que te queda bien, pero entiende que no esté acostumbrado a ver una mujer tan impresionante como tú en una ropa tan sensual.

– Me lo he puesto porque quería regalarle la vista después de los momentos tan bonitos que me ha dado estos días.

– Si la que me los ha regalado has sido tú. Un vejestorio como yo poco le puede dar a una mujer tan maravillosa como tú.

– ¿Eso crees? Pues yo quería pasar otro maravilloso momento junto a usted. Si me deja, claro está.

– No sé si esto que hacemos está bien. No acabo de comprender muy bien esta situación.

– Manuel, ¿usted ve que yo o mi marido lo estemos pasando mal con esta situación?

– Pues lo curioso es que parece que no, pero mi cabeza a veces me dice que qué estoy haciendo.

Me acerqué a él, y sentándome en su regazo, le di un tierno abrazo.

– A mí me hace muy feliz tenerle junto a mí en estos momentos de intimidad que han surgido, y yo tampoco pensé que esto me fuera a suceder, pero no me despierte de este sueño tan bonito.

Y mientras continuaba sobre su regazo, le di un cálido beso. Primero acaricié mis labios junto a los suyos, y, luego, poco a poco rozaba mi lengua sobre sus inexpertos labios. Vi que no sabía apenas besar, así que fui poco a poco. Lentamente fui metiendo la lengua en su boca, y esta se fue abriendo, pero antes de juntarse nuestras lenguas, retrocedió cerrando la boca.

– Manuel, deja que yo lleve el ritmo del beso.- Le susurré al oído, mientras mi boca jugaba con su oreja.

Nuevamente acerqué mis labios, y los junté a los suyos. Poco a poco su boca se fue ablandando, y mi lengua abriéndose paso, hasta llegar por fin a sentir la humedad de la suya. Una vez conseguido, estuvimos besándonos tiernamente y sintiendo nuestras lenguas. MIs manos recorrían su cuerpo, y podía notar su miembro duro bajo su pantalón del pijama.

Su mano comenzó a acariciar mi pierna, y lentamente subió hasta tocar mi nalga desnuda bajo el corto camisón. Al sentir mi piel desnuda, no pudo resistirse a agarrarme la nalga, para posteriormente subir la mano por mi espalda por dentro de la tela.

– Vamos a la cama.- le susurré. Y levantándome, agarré su mano para llevarle a mi dormitorio. Pero al pasar frente al suyo, él tiró de mí hacia el suyo.

– Mejor en mi cuarto, no sería capaz de hacer cosas en vuestra cama.

Así que le seguí hasta el interior de su cuarto, junto a su cama.

Me abracé a él, mientras le volvía a besar, y mientras sus manos agarraban mis nalgas levantándome la escasa tela del camisón. Notaba su miembro duro contra mi cuerpo, así que me despojé del camisón, quedando completamente desnuda frente a él, y, agachándome, le bajé el pantalón del pijama, saltando su pene frente a mi cara. Aprovechando la cercanía, metí mi cara por debajo, lamiendo sus huevos, y lentamente fui subiendo con la lengua hasta llegar a su glande. Despacio lo introduje en mi boca saboreando y cerrando los ojos para sentir como llenaba toda mi boca.

Me incorporé, y besé de nuevo, antes de quitar la colcha y tu tumbarnos sobre su cama.

– Quiero sentir tus dedos en mi interior.- Le dije a la vez que me abría de piernas mostrándole mi sexo húmedo.

Agarré su mano, y la llevé a mi boca, metiendo dos dedos y mojándolos con mi saliva. Acto seguido le llevé esa mano a mi sexo, pasé sus dedos sobre mi clítoris, provocándome un escalofrío de placer. Lentamente los fui bajando hasta la entrada de mi vagina.

– Méteme los dedos ahí. Quiero sentirlos.- Le dije mientras me retorcía de placer abierta totalmente de piernas.

Manuel se incorporó, y se puso de rodillas entre mis piernas, mostrándome una visión maravillosa de su cuerpo algo gordito, pero con una buena polla que asomaba más allá de su barriga y pidiendo guerra.

Introdujo un dedo, y yo me estremecí de nuevo, soltando un pequeño jadeo. Sentía como recorría mi interior.

– Mete otro, por favor. Quiero sentirles, le susurré entre respiraciones de intenso placer.

Otro de sus maravillosos dedos entró en mi interior, y yo me comencé a mover al ritmo de ellos, lenta y maravillosamente. Yo era la que llevaba sin darme cuenta el ritmo de sus dedos. Estaba tan caliente y desatada.

– Manuel, por favor, mójate un dedo de la otra mano con tu saliva, y juega con mi ano.

Sorprendido por lo que le pedía, pero obediente, cogió su dedo índice, y se lo introdujo en la boca, y bajó hasta mi culito, sin sacar sus otros dos dedos de la vagina.

Miré hacia abajo, y la escena me puso más cachonda. Su polla erecta, y su mirada sin perder detalle de lo que ocurría entre mis piernas abiertas.

De pronto noté como acariciaba mi ano. El roce de su dedo húmedo en esa zona me estaba volviendo loca, y sus dos dedos por delante los sentía cada vez más y más.

– Por favor, mete tu dedo en mi culito, no me hagas sufrir más… – Le dije entre sollozos de placer.

Su dedo presionó mi ano, y este se abrió, sintiendo como entraba fácilmente. La sensación de placer por detrás era indescriptible.

Continuamos así un buen rato más, y Manuel poco a poco se iba animando, y ahora era él el que jugaba y movía los dedos, mientras yo me deleitaba de placer.

Comencé a sentir una ligera m*****ia en mi vagina, y al mirar hacia abajo vi que había metido cuatro dedos en mi interior, y no me había dado cuenta hasta ese momento. Demasiado rápida la dilatación, me había provocado algo de dolor, así que agarré su mano para hacer que parara.

– Saca un dedo, me m*****a un poco.- Le dije con calma para no asustarle.

– ¿De dónde?- Me preguntó ingenuamente.

Entonces me di cuenta que no solo tenía cuatro dedos en mi vagina, sino que por detrás debía tener alguno más.

– De la vagina.

Y acto seguido vi cómo volvía a meter solo dos dedos por delante. Bajé mi mano para acariciar mi sexo, y sentí sus dos dedos de nuevo entrando en mi interior, y mi curiosidad me hizo bajar mi mano más abajo para tocar mi ano, y para mi sorpresa, tenía tres dedos dentro de mi culo. Esa toma de contacto con la realidad, me hizo ponerme realmente cachonda, y comencé a tocarme el clítoris, mientras Manuel jugaba con mis agujeritos. No pude resistir más, y exploté de placer. Mi culo latía con fuerza a cada montaña de gozo de mi orgasmo, y Manuel se sorprendió al ver mi ano latir de esa manera. Estaba claro que estaba descubriendo un nuevo mundo.

Lentamente le hice sacar sus dedos, y le pedí que se colocara entre mis piernas. Obedientemente se acercó, y de un solo movimiento la tenía hasta el fondo.

Comenzó a moverse, primero lentamente, y luego con más intensidad, hasta que su respiración empezó a tomar fuerza, y pude disfrutar de sus latidos de calor en mi interior, cayendo rendido sobre mi cuerpo durante unos instantes.

Se echó a un lado, y nos quedamos así durante unos instante, cayendo él profundamente dormido tras haberse corrido, mientras yo le acariciaba el pelo. Apagué la luz y a los pocos minutos también caí yo totalmente dormida junto a él.

(Continuará…)

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