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Conociendo al señor Manuel IV

Su polla latía, y antes de que acabara de latir, me cambié de postura, girándome, apoyando mi nalgas sobre su pecho, y me agaché para saborear sus últimas gotas de semen saliendo. Estaba descontrolada. Sin darme cuenta estaba acercando mi raja su cara, pero el señor no hacía nada.

– Por favor, lama mi sexo.- Le dije sacando su enorme miembro de mi boca.

Torpemente su lengua tocaba mi sexo, y con la calentura que tenía, viendo lo inexperto que era, comencé a frotar mi clítoris contra su barbilla afeitada, explotando rápidamente, y dejando su cara húmeda. Me quité de encima suyo, y me dejé caer a su lado, mientras mi mano seguía acariciando ese pene que entraba en reposo.

El señor Manuel cayó dormido, y yo aproveché para irme a lavar un poco sin hacer ruido. Le apagué la luz, y me fui a mi cama para intentar dormir más fresca.

De repente unos besos me despertaron.

– Cariño, veo que lo habéis pasado fenomenal esta noche. Al pasar he visto a nuestro vecino desnudo durmiendo.- Me dijo José susurrándome al oído.

Abrí los ojos con mucho sueño poco a poco, y ahí estaba mi marido ya desnudo junto a mí.

– Buenos días, mi amor.- Dije con tono soñoliento.

– Tengo un capricho, María.

– Mmmmm… dime…

– No quiero que me cuentes lo que ha pasado, quiero que me lo hagas.- Me dijo con una voz dulce y tierna, mientras acariciaba mi cuerpo.

Mi cuerpo reaccionó con una rápida calentura al escuchar esas palabras, que hicieron que fuera paso a paso con lo que sucedió aquella noche.

Aceleré mi ritmo como yo sabía, y José no aguantaba más. Cuando vi que se iba a correr, salté más alto para que su polla se saliera.

– Pero qué haces, nooo, no la saques…

Según noté sus primera gotas sobre mis nalgas, me giré en posición 69, y agarrándosela, saboreé la última parte de su corrida.

– Ahora quiero que me lamas el sexo.

José , sin pensárselo, comenzó a lamerme con maestría, a la vez que subió lamiendo también el semen suyo que había en mis nalgas. Eso me volvió loca, y al sentir su lengua de nuevo en mi clítoris, exploté jadeando sin parar.

Me incorporé y me tumbé junto a José.

– Esto fue lo que pasó, pero sin tu maestría en el sexo oral.- Y nos unimos en un cálido y delicioso beso.

Rápidamente, mi marido cayó dormido como un angelito, y yo le bajé suavemente la persiana, y salí de la habitación sin hacer ruido camino de la cocina para beber agua, y luego darme una ducha.

Al pasar por delante de la habitación del señor Manuel, me asomé con sigilo, y vi en la penumbra de la claridad que entraba por las rendijas de su habitación, su cuerpo desnudo tumbado en la cama, con su gran polla erecta, y su mano agarrándola. Estaba claro que mis gemidos le había despertado, provocando ese efecto de calentura en él.

No se había percatado de que miraba a escondidas, y la escena me estaba calentado de nuevo. Aguanté poco viendo esa escena, y antes de que acabara su trabajito, hice un ruido con mi pie sobre el parquet. El señor Manuel, de un rápido gesto, se tapó con la sábana, momento que yo aproveché para entrar a darle los buenos días.

– Buenos días, Manuel. Ya veo que está despierto.

– Buenos días, María. Pero tápate, que he sentido que tu marido está en casa.

– No se preocupe.- Le dije susurrando. – José duerme. Además le he contado lo sucedido.

– Pero María…

– Tranquilo. Realmente no se lo he contado. Me ha pedido que le hiciese lo mismo que le he hecho a usted, y esos gemidos que ha escuchado, son el fruto de la repetición de la escena.

El señor Manuel se quedó mudo, miraba con ojos medio asustados, medio sorprendidos, pero sin decir palabra.

– José duerme como un angelito, y usted no ha terminado lo que le acabo de ver hacer.

– Si ya he dormido lo suficiente, María.

– No se haga el tonto.- Y metiendo la mano bajo la sábana, agarré su miembro.

– Ya le he dicho que aquí no se va a quedar ninguno de mis hombres insatisfechos.

– María, que está tu marido en casa…

No le di tiempo a decir más. Mis dedos acariciaban su miembro lentamente, desde sus enormes huevos, pasando por el grueso y venoso tronco, hasta llegar a la punta, provocándole una respiración más profunda a cada caricia en las zonas más sensibles. Así estuve un largo rato, sentada desnuda en su cama, mientras mi mano disfrutaba de cada curva, vena o rugosidad de esas partes masculinas.

Poco a poco levanté una pierna, para dejar mi sexo al aire, dejando esa pierna flexionada y de lado sobre la cama, y con suavidad llevé su mano a mi entrepierna. Mi sexo estaba empapado, y tomando su dedo lo metí unas pocas veces. No decía nada, y obedecía a cada orden que mi cuerpo o mano le pedía. Agarré ese dedo humedecido, y lo llevé a mi clítoris.

– ¿Ve ese puntito más duro? Ese es mi clítoris, el principal culpable de mis orgasmos. Le voy a enseñar a jugar con él.

Agarrando su dedo, lo metí en mi boca para humedecerlo más, y lo llevé a mi clítoris. Con una mano masajeaba su pene, y con la otra manejaba su dedo. Ahoga mis suspiros para no despertar a José, y cada vez disfrutaba más y más la experiencia. Mi pequeño clítoris estaba como una piedra, y sentía su dedo cada vez más intensamente. Comencé a mover las caderas, para notar esa mano en mi sexo, cuando de repente note como su polla comenzaba a latir y soltar su cálido líquido. Fue sentir su deliciosa corrida cayendo sobre mi mano, y explotar de placer. apretando fuertemente su mano entre mis piernas.

Nos quedamos tumbados en esa posición, yo con mi sexo a la altura de su tripa, y mi cabeza a la altura de sus rodillas, donde podía ver un plano espectacular de su sexo mojado por su semen.

Solté su polla ya flácida, y me acerqué al baño a ducharme. Al salir, mi marido dormía plácidamente y nuestro vecino también.

El resto de la mañana no lo recuerdo como algo anormal. Quizás Manuel estaba más cercano y tranquilo, y eso a mí también me hacía sentir bien.

Curiosamente estaba deseando que llegara la noche, y ver que me deparaba, pero siempre con un pensamiento tranquilo y de ternura, que no sabría explicar muy bien.

(Continuará)

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