Con Miriam en el cuarto de planchado

Esa noche la anfitriona era Miriam, que había reunido a las chicas del gimnasio para hacer una pequeña fiesta de despedida del año en su casa. Ya habíamos tenido sexo ella y yo; inclusive Víctor se la había cogido más de una vez, pero ninguno de ellos dos jamás se atrevió a decírmelo.

Miriam me calentaba mucho; seguía siendo esa mujer tan sensual que había conocido un par de años atrás, cuando decidí recomenzar con mis clases de gimnasia…

En su departamento ya no cabía un alma más. Yo había ido sola; no porque mi adorado esposo estuviera de viaje, sino porque era una fiesta solo para mujeres; aunque algunos chicos gay se habían infiltrado.

En medio de ese caos de humo, alcohol, sudores y música a todo volumen, Miriam se acercó a mí y me besó profundamente. Luego me tomó de la mano y comenzó a abrirse paso por entre la gente. Nos costó bastante llegar hasta la cocina, donde en una de las paredes laterales había una pequeña puerta.

Miriam la abrió y me jaló de la mano hacia adentro: era el cuarto de planchado. Entrelazamos los dedos de ambas manos, me hizo subir los brazos y los empujó contra la pared, hizo lo mismo con el resto de mi cuerpo, me tenía apretada entre el suyo y la pared.
No dejaba de besarme; yo podía sentir cómo se apretaba contra mí, cómo empujaba su pubis contra el mío, restregándomelo con frenesí; su lengua recorría mi cuello, subía por él, la pasaba por mi barbilla hasta llegar a mi boca y continuaba besándome…
Yo prácticamente no podía moverme; ella me tenía entre sus garras y yo quería ser su presa.

Aun con los dedos entrelazados metió las manos detrás de mí y sin parar de besarnos me llevó hasta un rincón donde estaba instalado el lavarropas. Me empujó contra ese aparato y yo no opuse la menor resistencia. Era más que deliciosa la forma en que ella me estaba dominando.
Esa noche había elegido un vestido de seda negra ajustado a mi cuerpo.

Miriam me lo subió a la altura de la cintura y deslizó mi tanga hasta mis tobillos. Puso sus musculosos brazos entre mis muslos y me subió hasta el lavarropas. Luego me empujó hacia atrás poniendo su mano en mi pecho y me separó las piernas; se quedó unos segundos extasiada contemplando mi pubis depilado y mis labios vaginales abiertos e invitantes. Entonces con un súbito impulso puso su cabeza entre mis piernas y comenzó a lamerme.

La energía con que lo hacía era impactante; podía percibir las ganas que tenía de mí con el movimiento de su lengua, con el succionar de sus labios. Jaló mi vestido por la parte de arriba y comenzó a acariciar mis tetas, haciendo que mis pezones se endurecieran al instante.

Todo lo que Miriam me estaba haciendo me había sacado de la realidad; intenté incorporarme pero ella me empujó nuevamente hacia atrás, quería que me quedara donde ella me había puesto, así que me dejé llevar por sus manos, no quería que fuera a detenerse por nada del mundo…
De pronto me miró a los ojos y me pidió con su natural sensualidad, que acabara para ella; que lo hiciera en su boca abierta…
Como si hubiera sido una orden, mi cuerpo ya no pudo soportar tanto placer y sentí que comenzaba a aflorar un intenso orgasmo.
Le dije entre gemidos que ya estaba llegando; que su perra Ana iba a dedicarle ese orgasmo infernal y además iba a acabar entre sus sensuales labios rojos.
No solamente me había arrancado ese orgasmo; sino que, además, Miriam había desatado a esa perra furiosa que siempre he llevado dentro de mí…

Cuando recuperé mis sentidos después de gozar tan tremendo orgasmo; me bajé del lavarropas y la besé con pasión. Podía sentir en sus labios el sabor de mis propios fluidos…

Me moví por detrás de su espalda y comencé a acariciarla por todas partes; metí mi mano entre sus pantalones y la tanga, pudiendo apreciar lo mojada que estaba la entrada de su vagina.

Así como estábamos la empujé hasta el borde de una pequeña pileta y de un rápido tirón bajé sus pantalones junto con la tanga hasta las rodillas. Me quedé disfrutando maravillada con mis ojos ese culo redondo y firme.

Era mi turno de hacer gozar a Miriam; le separé las nalgas con mis manos y acerqué mi boca a sus labios vaginales. Comencé a saborearla, sin dejar de recorrer con mi lengua cada rincón de su entrepierna.

Mi amiga gemía suavemente, lo cual me excitaba mucho más todavía.
Enseguida pude sentir que iba a acabar y entonces empujé su culo contra mi cara y comencé a lamer su concha con desesperación…
Miriam me advirtió que estaba a punto de explotar. Yo ya lo había percibido pero me daba mucho morbo escucharla decirlo a ella misma. La forma en que tensó los músculos de sus glúteos y el repentino flujo de sus jugos en su concha, me aseguraron que mi amiga había tenido un orgasmo tan intenso como el mío.

Yo continué lamiendo un poco más; quería que ella lo sintiera mientras no dejaba de temblar.
Me incorporé y la tomé por los cabellos; haciéndola girar hacia mí. Miriam volvió a ganarme de mano y me comió la boca en un tremendo beso de lengua.

Cuando ambas recuperamos el ritmo de nuestra respiración, Miriam me preguntó si yo quería regresar a la fiesta. Sonreí, diciéndole que, con semejante gentío, nadie extrañaría nuestra ausencia y que podíamos quedarnos allí encerradas durante toda la noche…
Ella sonrió y comenzó con los preparativos para una segunda ronda…

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