Cincuenta segundos para alcanzar el cielo

Mientras vivía con mi adorado Víctor en Nueva York, el estudio para el que trabajaba me solicitó si podía instalarme por un mes en San Francisco, para brindar una asesoría en un nueva sucursal recién abierta allí.
Acepté encantada, ya que no conocía esa tan atrayente ciudad y además los viáticos extras no eran para nada despreciables.

Víctor lamentó que no pudiéramos vernos en ese tiempo; ya que él estaría viajando por la Costa Este y era muy difícil que pudiera hacerse alguna escapada hasta la soleada California.

La noche anterior a mi partida nos despedimos con un polvo infernal; pero tres días después ya instalada en San Francisco, sentía una calentura tremenda y lo único que se me ocurrió fue comprar un enorme vibrador con forma de pene, que me recordaba la verga de un negro africano…

Con eso me entretenía en la cama de mi hotel por las noches; me lo metía hasta el fondo y disfrutaba como loca mientras fantaseaba… no con mi esposo, sino con Diego, un lindo chico rubio compatriota, que trabajaba en la oficina contigua a la mía.

Diego era mucho más joven que yo; estaba de novio con una hermosa chica americana, pero sin ningún compromiso para casarse.
El pibe era un poco caradura; me lanzaba piropos todo el tiempo y me miraba la cola sin disimulo, pero no se atrevía a nada más.

El edificio donde trabajábamos era una interminable torre de setenta y cinco pisos. Nuestras oficinas estaban ubicadas en el piso sesenta y nueve, lo cual me producía algo de gracia cada vez que lo mencionaba a alguien…

Por aburrida nomás, yo había cronometrado varias veces que los ascensores tardaban cincuenta segundos para llegar a mi piso. Había varios de ellos y por lo general siempre viajaba con poca gente, por nuestro inusual horario de entrada.

Una mañana coincidí con Diego, que estaba de frente a las puertas de un ascensor, esperando que llegara. Me ubiqué a su lado y le susurré al oído:

“Hoy vas a comerme la concha, nene; eso y solamente eso… entendiste?”.

Lo miré de reojo; asintió con la cabeza, aunque pareció algo decepcionado.
Mi excitación aumentó a medida que las luces del ascensor indicaban su descenso para venir a encontrarnos. Noté que los latidos de mi corazón se aceleraban; mis manos comenzaban a sudar y sentí una ligera humedad entre mis labios vaginales.

Entonces Diego me miró de reojo sonriendo nervioso, diciendo:

“Ay Anita, espero recuerdes la cámara de seguridad…”

“Sí, sí, ya lo sé…vas a tener cincuenta segundos para llevarme al cielo…”

Las puertas se abrieron y salieron tres ejecutivos, que no pudieron contener echarme una mirada tipo “macho alfa” al pasar a mi lado…

Empujé a Diego adentro del ascensor y presioné con rapidez el cierre de las puertas, para evitar que alguien más pudiera acompañarnos.
Enseguida coloqué el pañuelo de seda negra que llevaba en mi cuello sobre de la cámara de seguridad ubicada en un rincón.

Me apoyé contra un mamparo y levanté mi falda ceñida, dejándola arrebujada sobre mi cintura. Diego se acuclilló frente a mí y con sus torpes manos deslizó mi tanga hasta mis tobillos, mientras todavía estábamos detenidos en el lobby.

Cuando el ascensor pegó el primer tirón, noté que la lengua de Diego había encontrado mi clítoris y comenzaba a lamerlo con bastante maestría.
Mantuve mi equilibrio a pesar de que mis piernas temblaban y abrí un poco más mis muslos, para facilitarle la tarea al chico.

Cerré los ojos, “menos de treinta segundos ya”, recuerdo que pensé, antes de intentar concentrarme; el vértigo de la subida se combinaba de manera perversa en mi interior, con las cada vez más estimulantes y frenéticas arremetidas de la sedosa lengua de mi acompañante en mi vagina.

La expresión “ir para arriba” empezó a cobrar su más especial sentido.

Noté un temblor en mis pies, imaginé ver los números de los pisos pasar con demasiada rapidez en el indicador luminoso y llegué a suplicar para que el ascensor saliera despedido hacia las estrellas, con tal de no tener que detenerme en ese instante.

Pero sucedió lo contrario; el ascensor inició bruscamente su desaceleración y entonces un brutal orgasmo me hizo inclinar hacia adelante. Casi me caí de buces sobre mi ocasional amante.

Habíamos alcanzado nuestro piso y pronto las puertas iban a abrirse hacia una realidad que se me antojó extraordinariamente inoportuna.

Diego se puso en pie de un rápido brinco, alcanzando a ocultar mi tanga en el bolsillo de su pantalón y yo, jadeante, apenas tuve tiempo para bajar mi falda, enderezarme y recoger mi pañuelo que había ocultado esos segundos de visión a la cámara de seguridad…

Las puertas se abrieron y del otro lado me encontré de frente con Martha, otra compatriota argentina; una vieja harpía que hacía las veces de secretaria ejecutiva de los jefes. La saludé con desgano y ella nos miró a ambos de arriba abajo. Sin duda, algo en nosotros delataba lo que allí había sucedido.

Le habrá llamado la atención que Diego tenía un pañuelo de papel en la cara, limpiándose mis jugos que se deslizaban por su barbilla. O también era posible que hubiera notado cierto líquido brillando entre mis piernas.

Distraje sus pensamientos seguramente morbosos preguntándole:

“Se come bien en el restaurante panorámico del último piso…?”

La vieja harpía me miró sin entender y entonces yo continué:

“Es que aquí en el ascensor no se come nada mal…”

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