Cena en el bar de la esquina

Esa noche había sugerido a Anita que cenáramos afuera. Ella se mostró muy complacida por no tener que cocinar ni lavar los platos y comentó que su amiga Helena le había recomendado una especie de bar-restaurant que estaba situado en la misma esquina de nuestro edificio.
La cena estuvo excelente y tanto Ana como yo nos dedicamos a degustar unas copas de buen vino. En un momento me sentí algo mareado y por eso le dije a mi dulce esposa que iría hasta el baño a refrescarme la cara.
Ana había bebido también mucho más de la cuenta; pero no parecía estar afectada por el exceso de alcohol. Apenas sus bellos ojos estaban un poco más brillantes de lo habitual y parecía algo somnolienta…

Tardé un buen rato en el baño, pero no pude quitarme de encima esa odiosa modorra y pesadez que me había provocado ese excelente vino.
Al salir del baño y entrar al salón principal, pude ver que Ana se levantaba de su asiento; pero en vez de caminar erguida, se cayó casi de bruces sobre una mesa vecina, que estaba vacía.
El dueño del local salió de detrás de la barra para asistir a mi esposa. Junto a él solamente había otros tres hombres; los únicos clientes que habían quedado a esa hora en un día de semana.

Yo me detuve todavía algo mareado y me apoyé en una pared; viendo que en ese momento los hombres alzaban a mi esposa y la conducían casi desmayada a la trastienda. Decidí seguirlos para ver qué pasaba con Ana.
El dueño volvió sobre sus pasos; cerró la puerta del local desde adentro y apagó algunas luces, colgando además el cartel de “cerrado”. Luego me ayudó a moverme desde la pared donde yo estaba apoyado y me condujo a la trastienda; para que no me perdiera ningún detalle del espectáculo que estaba por comenzar…

En la trastienda, los otros tres hombres habían acostado a mi esposa de espaldas sobre una pesada mesa de algarrobo. Uno de ellos tomó el ruedo de su vestido y lo subió hasta casi el cuello de Ana; dejando ver a los demás las turgentes y firmes tetas de mi delicada esposa. Ella se debatió un poco, pero la sujetaron con más firmeza y entonces dejó de resistirse…

Yo contemplaba toda la escena como si estuviera alucinado; sin saber qué hacer. Los vahos de alcohol en mi cabeza no me permitían razonar…
Pude ver que Anita reaccionaba gimiendo y pateando débilmente en el aire.
Le separaron los muslos y uno de los tipos se ubicó entre ellos.
Sin perder tiempo le apartó a un lado la diminuta tanga de seda negra, dejando al descubierto su hermosa vulva, húmeda, sonrosada y apenas cubierta por una fina línea de vello púbico.
El hombre situado entre los muslos de Ana se bajó los pantalones, dejando ver un tremendo pedazo de pija ya bien endurecida y erecta…

Entonces de repente, caí en la cuenta de que esos tipos iban a cogerse a mi mujercita allí mismo delante de mí; sin pedirme permiso y sin esperar que yo hiciera algo por evitarlo…

El primer hombre comenzó a restregar su verga erecta sobre la vulva de Anita, abriéndole muy suavemente los humedecidos labios vaginales. Finalmente encontró el acceso a su concha y se la fue dilatando despacio, a medida que hundía poco a poco esa dura pija; mientras ella dejaba de gemir y de moverse, ahora solo resoplaba y jadeaba cada vez más alto.

Una vez que la ensartó por entero; el hombre le sacó la verga casi en su totalidad, para volver a metérsela nuevamente hasta el fondo, repitiendo la operación una y otra vez, cada vez a un ritmo mayor y con más dureza.
Mientras el primero la cogía, los demás contemplaban ansiosos la escena. Uno de ellos le quitó el vestido a Ana por la cabeza y comenzó a sobarle sus hermosas tetas. Otro trajo un cuchillo y desgarró la tanga de seda, guardándose los pedazos de tela como recuerdo…

Mi dulce Ana quedó entonces desnuda; vestida solamente sobre sus zapatos de taco aguja.
Desde la silla donde me había despatarrado sin poder moverme, yo podía ver a ese hombre bombeándola cada vez con más frenesí y el cuerpo de Ana temblando sin control, mientras sus gemidos iban in crescendo…

Por la humedad que podía ver en su concha cada vez que el tipo se la sacaba por completo, podía imaginarme que ella lo estaba disfrutando…
Los demás ya se habían desnudado y esperaban pacientemente su turno.

A todo esto el que se la estaba cogiendo le estaba dando un ritmo de locura al mete y saca. Ya animado por el aliento de los otros, le clavó las manos por debajo del culo y la levantó de la mesa, anunciando que iba a acabar.
De repente se quedó quieto y alzó la mirada hacia el techo. Supe que le estaba llenando la concha de semen a mi esposa. Le sacó la verga todavía chorreando leche y se la limpió sobre los dilatados labios vaginales de Ana.

Enseguida un segundo hombre quiso ocupar su lugar y se colocó entre los muslos de Ana; sosteniéndose su enorme con ambas manos. Le apuntó entre los labios vaginales, pero enseguida la sacó. Se quejó al primer hombre, diciendo que había dejado a mi mujer totalmente sucia y pegajosa con su semen desparramado en su pubis. Agregó que ya no metería su verga por allí. Pidió ayuda para girar el cuerpo de Ana.

La voltearon entre todos sobre la mesa; dejándola apoyada sobre su vientre y con las pies apenas tocando el suelo. El firme y redondo culo de mi esposa quedó entonces en pompa y listo para cualquiera cosa…

Me temí lo peor, pero yo no estaba en condiciones de levantarme de esa silla para intentar detener todo eso. O tal vez, no tenía ganas de hacerlo…
Mientras los que estaban adelante estiraban y sujetaban sus brazos para que Ana no se moviera, el que había quedado atrás le separó las nalgas y apoyó la cabeza de su tremenda chota sobre la estrecha entrada anal…
Se inclinó hacia adelante y el muy hijo de puta le susurró al oído que se quedara quieta y se relajara, para poder disfrutar esa verga en el culo.

El tipo comenzó entonces a apretar esa gruesa cabeza contra el estrecho ano de mi delicada esposa, pero no terminaba de hacerlo entrar. Ana empezó a maullar como si fuera una gata, sintiendo lo inevitable: una tremenda verga pugnaba por abrirle el culo para dejárselo destrozado…

Otro de los hombres aprovechó los gemidos de mi esposa para meterle su dura pija en la boca. Sonrió diciendo a los otros que Ana se la estaba chupando de manera magistral…
El que estaba detrás de ella seguía intentando abrirle el culo pero no lo conseguía; cada vez que se retiraba le daba fuertes palmadas en los cachetes, con bronca. El dueño salió un momento y regresó con una botella de aceite. Le dijo al otro que probara con eso.
El tipo ahora con la verga reluciente y embadurnada de aceite volvió a encarar el cerrado ano de mi mujer y entonces sí, vi como esa cabeza lo dilataba y se perdía adentro. Tomó a Anita por las caderas y siguió empujando hasta que se la metió hasta el fondo.
Soltó una carcajada de triunfo y la sacó por completo para volver a metérsela nuevamente y llenar toda esa cavidad anal. Dijo que mi esposa era muy estrecha allí y que su ano le apretaba la verga de manera deliciosa

Al menos no lo hacía de una manera violenta, metía y sacaba la pija poco a poco, incrementando el ritmo, pero de una manera suave. Con cada golpe hacia que mi mujer se clavara en la otra pija que tenía en la boca.
Unos instantes después el segundo hombre suspiró y le llenó la boca de semen. Pude verlo deslizándose entre los labios abiertos de Anita.

Mis ojos volvieron entonces a esa verga que continuaba entrando y saliendo del trasero de Ana; con una ligera parsimonia, pero con un vaivén constante, siempre al mismo ritmo.

El ano ya debía haberse dilatado y adaptado a la medida de esa pija que lo taladraba; porque a él ya no le costaba nada metérsela y Ana casi ni siquiera suspiraba. Justo cuando el tipo estaba otra vez apoyando el glande para entrar nuevamente, por fin explotó, desparramando leche por los cachetes de Ana. Antes de descargarse por completo, volvió a metérsela a fondo de un solo embate, haciendo gemir a mi mujercita…

Siguió bombeando, metiéndola y sacándola varias veces más, hasta llenarle totalmente el culo a mi delicada esposa. Al sacarla, pude ver un hilo de semen que de su ano, completamente dilatado y enrojecido.
Ana quedó tendida boca abajo sobre la mesa, sin moverse. Su cola en pompa dejaba ver su entrada anal bien abierta y dilatada, chorreando semen que resbalaba por sus piernas hasta llegar al piso.

Ahora tenía una nueva verga enterrada en su garganta y la estaba lamiendo con los ojos cerrados.
Como todo parecía haberse calmado de repente; me levanté como pude de la silla y me acerqué a mi esposa, que todavía continuaba boca abajo. Su aspecto era tremendo: tenía sus dos orificios bien dilatados y llenos de leche, que también podía verse desparramado en su cara y sus cabellos.

Intente levantarla para que dejara de chupa esa enorme verga y así poder llevármela a casa; ya había sido suficiente por una sola noche.
Pero entonces el dueño del bar me atenazó el brazo y me susurró al oído que todavía no habían terminado con ella. Me sugirió que regresara yo a mi casa y que después él se encargaría de devolverme a Ana…

La cara de los otros hombres no ofrecía ninguna duda; no iban a permitir que me llevara a mi esposa por las buenas; así que, todavía perdido en mi propia nebulosa etílica me di la vuelta y me fui, dejándola con aquellos hijos de puta para que le hicieran lo que quisieran.
Al llegar a mi casa me desmayé sobre un sofá del comedor. Cuatro horas después me despertaron unos golpes a la puerta. Era el dueño del bar, cargando a mi esposa en sus brazos. La traía completamente desnuda.

Lo dejé pasar y la llevó hasta el dormitorio, donde la tiró, literalmente, sobre la cama. El hijo de puta sonrió, diciéndome que mi mujer era la mejor putita que se había cogido en mucho tiempo.
Mientras se retiraba me dijo que podíamos regresar a su local cuando quisiéramos; la cena iría por cuenta de la casa. Lo insulté a gritos, pero el tipo volvió a reírse a carcajadas mientras se tocaba el bulto a través de sus pantalones. Me aclaró que él había disfrutado de mi esposa en último lugar y que su semen estaba todavía bien fresco en el fondo del culo de Ana…

Regresé al dormitorio. Anita estaba desmayada boca abajo y con las piernas abiertas. Tenía los cachetes del culo bien enrojecidos por todos los azotes que le habían dado. La entrada anal estaba totalmente dilatada y dejaba escapar semen a borbotones. La arropé y la dejé descansar.

A la mañana siguiente cuando se despertó no dijo nada; se encerró directamente en el baño para darse una ducha y después no comentó nada de lo que le habían hecho esos hijos de puta. Tal vez ni siquiera recordaría.

Pasó la tarde descansando en la cama, desnuda y boca abajo con las piernas abiertas; me imaginé que el culo le ardería horrores; pero continuó sin decir nada…
Un par de noches después Ana sugirió si podíamos ir a cenar afuera… más precisamente, al bar de la esquina…
Entonces supe que ella siempre había recordado todo…

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