Baila conmigo

Baila conmigo

En cuanto terminó la música, me marché de la pista hacia los lavabos. Estaba toda sudada, y mientras bajaba las escaleras notaba mi pulso a mil por hora. No era solo por la canción tan rápida y el esfuerzo de haber bailado a esa velocidad. Era… ¿qué coño había pasado allí?

Era un día de tantos, un viernes. Aún no se había llenado la discoteca y en el local se estaba bien. Teníamos suficiente espacio y podíamos hablar con relativa congruencia, alzando la voz para escucharnos por encima de la música. En nuestro grupo éramos menos mujeres que hombres, pero eso tenía sus ventajas para nosotras que podíamos bailar siempre que quisiéramos.

La música que empezó a sonar era una salsa muy rápida. Yo nunca me apunto a ese tipo de canciones. Me dejan exhausta y sin respiración. Además ésta la conocía y duraba una eternidad. Aproveché para dar un trago a mi bebida fresca en la barra.

Antes de que pudiera coger el vaso, alguien tomó mi mano abrazándome por detrás la cintura. Inmediatamente lo reconocí. No necesitaba volverme para ver su cara. Me reí escabulléndome de su abrazo y su mano, y bebí sin darme la vuelta. Él volvió a la carga pacientemente. Esta vez posando suavemente sus manos en mis caderas y haciendo que nos moviéramos juntos. Se las arreglaba para llevar un ritmo suave aunque la música fuera tan vertiginosa.

−Venga… No te hagas de rogar. Solo un poquito.

Me volví para que nuevamente me soltara y le miré sonriéndole.

−Te gusta castigarte ¿no? Y de paso a mí. Sabes que no puedo con este ritmo, que me ahogo. Al final, casi tienes que arrastrarme como si fuera una muñeca.

Se reía también. Y no dejaba de mover los pies, y los hombros y las caderas. Sus manos revoloteando alrededor de mi cuerpo pero sin tocarme.

−Algo de eso hay, no te lo niego. Cuando empiezo a ver ese semblante desmayado, que tus ojos están perdidos, que tu frente brilla de sudor, cuando ya solo me miras para no perderte y tus movimientos siguen los míos como si estuvieras hipnotizada… ufff… no veas qué subidón.

−Para ya, Cortés, no flipes –aparté la mirada y bebí otro trago.

Era exactamente eso lo que me pasaba. Ésa era otra de las razones por las que no quería bailar. Se acercó a mí un poco más, casi rozando nuestros cuerpos. Posó su frente en la mía y sus manos aferrándome la cintura, pero inmóviles.

−Baila conmigo. La canción todavía dura. Solo un ratito. Te prometo que lo dejamos cuando tú quieras.

Dudé un poco, pero solo un instante. Me encantaba bailar con Cortés. Él era casi un profesional. O sin casi. Era uno de mis profesores, para empezar, pero había participado y aún lo hacía en infinidad de concursos y exhibiciones de baile. Era una maravilla bailar con él. Dejarse llevar por él.

Le di la mano y entramos en la pista. Solo un abrazo y una vuelta de casi trescientos sesenta grados y ya estábamos bailando como si estuviéramos poseídos. Yo sentía que no tenía que pensar nada. Mis pies se movían solos llevados por la música, y mi cuerpo respondía a cada orden del suyo sin palabras.

Llevábamos poco más de un minuto en la pista cuando Celia se acercó a nosotros. La vi llegar y creí que iba a decirnos algo urgente. Nada hacía pensar que tuviera intención de hacer lo que hizo, arrebatarme de sus brazos y sustituirlos por los suyos. Me sentí confusa por un momento, pero ella no me permitió parar. Seguimos bailando esa salsa endiabladamente rápida. En la primera vuelta vi a Cortés alzando los hombros con resignación, como a quien no le queda más remedio que aceptar. No estaba enfadado, no era su carácter. Al fin y al cabo Celia y él eran colegas, ambos profesores, y a los dos los conocía por igual. Yo había bailado con ella tantas veces como con él. Era una estupenda bailarina.

La diferencia es que ella me miraba siempre seria, sin sonreír. Eso me intimidaba un poco. Me manejaba igual que él, pero no me hacía sentir cómoda.

En el momento en el que pensaba precisamente eso, ella me acercó más a su cuerpo. Sus movimientos no eran demasiado diferentes a los que venía haciendo, pero notaba su agarre más firme. Y sí… Eran distintos ¿o no me estaba tocando el culo explícitamente?

Miré alrededor. Mis amigos también estaban bailando. Nadie se fijaba en mí o en lo que pasaba. El baile continuaba y Celia no dejaba pasar la ocasión para frotar su pecho contra el mío, o para posar sus manos en mis caderas haciendo como si remangara mi vestido con los dedos, o de probar posturas en las que ella se inclinaba hacia mi cuerpo de modo provocador. En uno de esos momentos, vi que alguien sí nos estaba mirando.

Marcelo, que seguramente habría venido con ella, estaba al borde de la pista solo. Inmóvil, cruzado de brazos y serio. Sabía que ellos no eran pareja, pero a menudo en la discoteca les había visto hablar. Él no bailaba nunca, o yo no lo había visto, por lo menos en pareja. Algunas veces bromeando en algún grupo. Se movía muy bien.

No sabía lo que Celia pretendía. Si era calentarme, las pocas posibilidades que tenía se habían esfumado cuando me robó el baile con Cortés. Si era calentarse ella puede que lo estuviera logrando porque su mirada era brillante y sus ademanes cada vez más atrevidos. Pero puede que estuviera buscando provocar a Marcelo a juzgar por la expresión que él tenía. Yo estaba deseando que acabara la maldita canción.

Respiré hondo antes de entrar en el servicio de chicas. Hice bien, porque aquello era una nube de humo. Estaba lleno de mujeres fumando. Alguna se arreglaba el maquillaje frente al espejo, y uno de los tres inodoros con puerta estaba ocupado. Me hice sitio en uno de los lavabos y me mojé la cara con cuidado de no estropearme el maquillaje. Tomé una toalla de papel para secarme cuando la puerta se abrió y apareció Marcelo. Hubo un murmullo de protesta pero la mayoría de las chicas se apresuró a tirar el cigarrillo al suelo y a salir, pensando que podían ser denunciadas o expulsadas.

A mí me extrañó mucho que él apareciera allí. No era nadie que pudiera ejercer autoridad, pero sí temía que quisiera enfrentarse a mí. En el tiempo que hacía que frecuentaba el sitio había hablado con él dos o tres veces, poca cosa, y casi siempre frases amables con sonrisas y coqueteos de por medio.

Aún esperó a que alguna rezagada saliera mientras él sujetaba la puerta. Yo me demoré en secarme la cara y arreglarme el pelo y el vestido. Finalmente entró.

−Por si no te has dado cuenta, te has equivocado de servicio. Éste es el de chicas –dije para romper el silencio.

A través del espejo vi que me miraba, quieto, apoyado en la pared. Me di la vuelta y sin decir nada más, me dispuse a salir, pero me cortó el paso estirando el brazo sobre la puerta.

−¿Qué haces? –le dije con tono enfadado.

Se incorporó acercándose a mí. Yo no quería recular pero él era realmente grande. Me fue arrinconando hasta uno de los excusados. Me agarré a los marcos de la puerta como queriendo hacerme fuerte ahí, pero él aún me empujó con su mano hasta que estuve dentro. Una vez allí entró él también y puso el cerrojo.

−No me das ningún miedo –mentí.

Sí me lo daba y él lo sabía. Sonreía, y eso me hizo acobardarme más. Pero se apoyó en la pared del lado de la puerta. Yo me retiré al fondo, a unos dos metros.

−¿Qué quieres? –mi voz sonó más temblorosa de lo que me habría gustado.

En pocos segundos por mi mente habían pasado imágenes de “cosas” que ocurrían, de comentarios que había oído, de consejos mil veces escuchados. Me negaba a creer que Marcelo pudiera hacerme ningún daño. Nos conocíamos. Poco, pero lo que sabía de él me bastaba para confiar lo suficiente. Quería convencerme a mí misma de que no corría peligro para poder pensar con claridad y actuar con calma.

−Tranquilízate. No te voy a hacer nada. Deja de temblar ya –Sus ojos eran sinceros, o eso me parecía. Su sonrisa aún socarrona.

−Y una mierda, que me tranquilice. Abre la puerta –me envalentoné.

Se llevó la mano a la entrepierna. Yo no había reparado en que su polla apretaba su pantalón como lo hacía. Se marcaba perfectamente la extensión de su rabo en diagonal. Él se lo agarraba orgulloso, con las piernas ligeramente abiertas.

−¿Bailas con Cortés y con Celia y no quieres bailar conmigo? –seguía manoseándose el paquete.

−Pero ¿qué dices? ¿qué pretendes? –ya no estaba intranquila sino asombrada por lo que me decía y lo que hacía.

−Dime que no estás un poco caliente. Dime que no quieres esto –me provocaba sobándose explícitamente con la palma abierta, levantándose la camiseta y dejando su abdomen perfecto al descubierto, metiendo los dedos por la cintura del pantalón y haciendo que su polla se moviera hacia arriba, casi hasta asomar. Y se sonreía mientras lo hacía.

Y era verdad que yo estaba caliente. Lo estaba ya mientras bailaba con Cortés. No tanto con Celia, aunque la sensación fuera parecida. Una presión en mi vientre que subía hacia el pecho, y como ganas de hacer pis, de pura excitación. Incluso tenía las bragas mojadas, aunque podía asegurar que no me había meado. Junté las piernas inconscientemente mientras lo pensaba.
El gesto no pasó inadvertido para él.

−Ella no sabe lo que tú quieres, y él no tiene lo que hace falta. Vamos, baila conmigo.

Me alcanzó en un solo paso y me puso contra la pared. Su pecho aprisionaba el mío, casi no podía respirar. Se frotaba contra mí subiendo y bajando por mi cuerpo despacio. Tenía los brazos a los costados de mi cuerpo y los moví para interponerlos entre nosotros. Tomó mis manos con las suyas y me las sujetó por encima de la cabeza, respirando cerca de mi boca. Ya no opuse más resistencia.

Metió la mano por debajo de mi vestido, entre mis piernas. Yo las arqueé un poco y sus dedos alcanzaron a tocarme el coño apartando mi braga. Los deslizaba entre mis labios sin penetrarme, solo empapándose de mis jugos, rizándolos y empujándolos contra la entrada de mi coño. Empecé a gemir y a moverme sobre su mano. Él volvió a estirar los dedos llevándolos hacia el clítoris, pinzándolo suavemente, estirándolo con dos dedos, moviéndolos y aplastándolos sobre él… Y de pronto los metió y me folló con sus dedos, casi alzándome en el aire con cada empuje.

−Sí… −decía él mientras me corría−. Siiii… −casi murmuraba cuando me comió la boca con esos labios enormes y carnosos. Se bebía mi orgasmo, mi respiración, mi todo…

No me había dado cuenta de que ya había gente en el baño. Lo oí cuando empecé a ser consciente. Al abrir los ojos y verlo frente a mí con su enorme polla en la mano. Para entonces ya no me importaba dónde nos encontrábamos ni lo que estábamos haciendo. No me importaba el porqué. Se oía la música de fondo, pero yo solo estaba atenta a sus jadeos, a su deseo insatisfecho, y a esa polla que me invitaba a más placer.

Me arrodillé sin decir nada. La tomé en mis manos y la besé. Estaba mojada en la punta. Sabía bien. La lamí, chupé el capullo hinchado y enrojecido. Apenas me cabía en la boca. Escupí sobre él para hacerlo más fácil. Lo metí en mi boca y comencé a mamarle. Despacio, acomodando mi pequeña boca a su medida. Veía su vientre tenso, sus manos cerradas a los lados de sus caderas, y de pronto ambas se posaron en mi cabeza estirando mi pelo hacia atrás. Instintivamente lo miré a los ojos que también me miraban, justo cuando empujó su polla dentro de mi boca. No me provocó una arcada porque no había espacio para ello. Sentí que me faltaba el aire cuando su glande llegó a la pared de mi garganta, y que mis ojos se salían de las órbitas por el esfuerzo de alojarlo dentro de mí. Empujó un poco más y salió despacio. Su polla llena de mis babas se deslizaba por mi lengua.

Creí que volvería a metérmela de nuevo y tomé aire, pero me levantó del suelo, me volvió de espaldas contra la pared y me bajó las bragas. Yo empiné mi culito abriendo mis piernas y frotándome el coño. Hacía solo unos minutos que me había corrido pero deseaba más. Lo deseaba dentro de mí. Deseaba que me follara ya.

Miré hacia atrás y vi que se estaba colocando un condón. Me giré para mirarlo pero sujetó mi espalda con su mano y me lo impidió. Había terminado y al parecer su urgencia era tan grande como la mía. Su brazo seguía presionándome por detrás mientras sentía su puño y su polla entre mis nalgas tratando de penetrarme. Noté su glande acariciar la entrada de mi coño un par de veces antes de empujar y sumergirse dentro de mí. Me agarró por las caderas y empezó a follarme con empujes largos y profundos que me hacían gemir fuerte. Posé mi boca en mis propios brazos para amortiguar mis gemidos. Él no hacía nada por mitigar sus jadeos. Sus embestidas hacían que mis manos se resbalaran de la pared y mis tacones por el suelo. La escena vista fuera de situación podría parecer cómica con un tío tan grande manejándome como si yo fuera de trapo.

Me arrastró hacia un lado separándome de la pared sin sacar su polla de mi coño e hizo que me inclinara sobre la taza. Esto me permitió sujetarme con más facilidad y mantenerme más firme contra su empuje. Él se sintió también más libre para tocarme sin tener que sostenerme, para levantar mi vestido y meter sus manos hasta agarrarme por las tetas. Me follaba tan fuerte que cada uno de sus empujes me arrancaba un grito, aunque no sentía dolor. Solo quería que continuara así, que no parara.

Mi pelo colgaba a los lados de mi cabeza amenazando con meterse en la taza, algo que habría odiado y quería evitar. Como si él también se diera cuenta de ello, me agarró por los hombros haciendo que arqueara mi cuerpo mientras seguía follándome cada vez más deprisa. Estaba a punto de correrme y mis piernas temblaban. Me atrajo hacia su pecho rodeándome con uno de sus brazos por el cuello. Llevó su otra mano a mi clítoris y me frotó al mismo tiempo que me penetraba. Empecé a correrme de forma tan brutal que mis piernas ya no me sostenían, pero él no dejó de follarme. Con sus brazos por debajo de mis axilas me embestía levantándome del suelo. Yo gritaba y él rugía. No sé cuánto tiempo estuvo follándome de esta forma, hasta que me posó en el suelo y me empujó para arrodillarme de nuevo, se sacó el condón y ladeando mi cara se corrió en mi boca.

Me limpié la comisura de los labios con el brazo y lo miré desde el suelo todavía asombrada de lo que había sucedido. Me sorprendía verlo allí, y pensar que me había follado en el baño de chicas, pero lo que más, que yo hubiera aceptado su juego sin rechistar.

Me ayudó a levantarme. Aún tenía las bragas enredadas en los tobillos. Me las saqué y traté de poner mi ropa y mi pelo en orden. Él también se ajustó su pantalón. Al terminar, se acercó a mí y me pasó los dedos por el pelo con mimo. Se lo agradecí y me sonrió.

−Bailas mucho mejor de lo que pensaba –dijo dándome un cachete en el culo al pasar por delante de él para abrir la puerta.

−A mí me gusta tu ritmo. Tienes mucho swing –respondí divertida.

Me pidió permiso para salir antes que yo y me pareció bien. Me retiré un poco y abrió la puerta. Yo no veía lo que pasaba pero a juzgar por el silencio repentino debió de suceder más o menos lo que al entrar. Oí la puerta de fuera y pasos acelerados. Esperó unos segundos, me dio un beso en la boca y se fue.

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