Atacada por “La Serpiente”

Era casi medianoche y estaba terminando de ver una comedia romántica; aprovechando que mi adorado esposo se encontraba de viaje; ya que él jamás se sentaría a ver algo así conmigo.

Estaba arrebujada en el sofá del salón, vestida solamente con una camiseta larga. Había atenuado las luces al máximo y en la oscuridad podía ver el pote vacío de helado que acababa de disfrutar yo sola.

La película ya iba por los títulos finales cuando se cortó la energía.
En plena oscuridad me dirigí a la cocina, donde guardaba una linterna. Trataría de ver si la caja de fusibles estaba en orden. Al regresar al salón, me pareció ver una forma humana recortada contra el marco de la puerta.

“Víctor…?” Pregunté con la voz algo quebrada, sabiendo con seguridad que mi esposo estaba muy lejos de allí.
La sombra dio un paso hacia adelante y entonces yo giré, comenzando a correr hacia las escaleras que me llevarían al dormitorio principal.

Podía escuchar sus pasos y su respiración mientras me perseguía…
Una gruesa voz dijo: “Me gustan las perritas que tratan de escapar…”
Me alcanzó antes de poder llegar al dormitorio. Me alzó en vilo tomándome desde atrás por la cintura y me metió adentro, lanzándome sobre la cama, cuyas sábanas blancas apenas se veían en la penumbra.

Pude oír que abría el cierre de una mochila y sacaba algo que brillaba en la poca luz que provenía de la ventana que daba a la calle. Era un par de esposas, que colocó en mis muñecas, asegurándolas luego al respaldar de la cama.
Enseguida desgarró mi camiseta de algodón, silbando de asombro al comprobar que yo quedaba completamente desnuda; ya que después de darme un baño nocturno, jamás me volvía a poner ropa interior…

En las penumbras distinguí que se desnudaba también él por completo.
Subió a la cama y me tomó por los tobillos, haciéndome abrir las piernas. Acercó su grueso pene erecto y lo dejó descansando sobre mi pubis.

Se inclinó sobre mi oído, mientras yo sentía que su verga comenzaba a crecer y endurecerse sobre mis labios vaginales expuestos.
“A ver, perrita, tu marido ya te rompió ese culito tan lindo…?
Empecé a temblar y me estremecí, pensando en lo mucho que podría lastimarme esa tremenda pija dentro de mi culo.
“Ahora vas a saber por qué mis amigos me llaman “La Serpiente”…”
“No, por favor… por atrás no… me vas a destrozar con tu verga” Supliqué.

Entonces liberó una de mis piernas y enseguida zambulló un par de dedos en mi vagina. Ya estaba humedecida por la excitación, pero de todas maneras, la sorpresa me hizo pegar un agudo grito de dolor…
Su otra mano también soltó mi pierna y me atenazó por el cuello.

“Que te quede bien claro, perrita…esta noche vas a ser mía…”

De repente sacó sus dedos de mi vagina y me azotó la cola con violencia.
Volvió a meterme dos dedos bien profundo en mi empapada concha.
Así como estaba empalada en sus dedos, me hizo girar boca abajo, dejándome sobre mis rodillas con mis manos esposadas al respaldar.
Sentí que él se arrodillaba detrás de mi cuerpo tembloroso, apoyando su gigantesca verga sobre mis nalgas desnudas. Era una verdadera serpiente, no había exagerado en nada. Me iba a destrozar el trasero si intentaba metérmela por atrás…

De repente sacó sus dedos de mi vagina y apuntó la enorme cabeza de su pija entre mis dilatados labios vaginales, comenzando a empujar sin piedad hacia adelante.
“Te gusta cómo va entrando “La Serpiente”, perrita…? Me preguntó riendo.
“Hijo de mil putas, me estás matando… me duele…” Lloriqueé inútilmente.
“Estás realmente muy estrecha… tu marido no te coge muy seguido.”

Ya con la primera embestida, “La Serpiente” había entrado hasta la mitad en mi concha. Con mis brazos me arqueaba y trataba de zafarme de él, pero solamente lograba que yo misma fuera empalándome cada vez más y más en esa tremenda verga inconmensurable…

El muy bruto intentaba seguir entrando más, arremetiendo con más potencia, sin darse cuenta de que mi vagina ya no soportaba más adentro.
“Basta por favor!… te lo pido, me vas a destrozar la concha…” Gemía yo.

Así con la espalda arqueada como estaba, “La Serpiente” me aferró por las tetas, pellizcando mis pezones erectos mientras intentaba penetrarme más profundo; haciendo caso omiso de mis ruegos y llanto.
Entonces se quedó unos instantes quieto, permitiendo que mi vagina se adaptara a ese tremendo tamaño de verga. Luego me aferró por las caderas y comenzó a bombearme muy despacio, sintiendo que mis paredes vaginales acariciaban esa gruesa serpiente que me llenaba…

De repente soltó las esposas del respaldar de la cama y volvió a asegurar con ellas mis muñecas. Empujó su verga hasta mi cérvix, arrancándome un alarido de dolor desde el fondo de mis pulmones.

Entonces me tomó por la cintura y me levantó de la cama, quedando ambos de pie y me hizo apoyar mis manos esposadas contra la pared.
Me hizo arquear la espalda otra vez, con la intención de clavarme todavía más a fondo. Me jaló los cabellos, me llamó “puta” y aprovechó mis fluidos naturales para lubricarse y hundirse hasta el fondo de mi dolorida concha…

Comencé a rugir de dolor peor que nunca y entonces él me la sacó de un solo tirón. Me hizo girar y agachó su cabeza para meterla entre mis manos esposadas. Luego me levantó en vilo, me apoyó contra la pared y entonces la gravedad hizo su trabajo, ya que cada vez comencé a sentir su verga más adentro.

Yo continué gritando sin control, hasta que él me tomó por las nalgas y me alivió un poco el dolor en mi concha, que me provocaba hundirme sobre su verga debido a mi propio peso.
“Estás intentando salvar tu culito, perrita…? Me preguntó riendo.
“Cómo podría hacerlo, hijo de puta…?” Pregunté entre sollozos.
“Creo que no vas a poder…” Respondió ahora riéndose a carcajadas.

Mientras sentía uno de sus gruesos dedos intentando atravesar mi estrecho esfínter, me pregunté cuánto más podría yo soportar esa pesadilla…

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