Anita y el albañil en el fondo

Ese verano había sido bastante caluroso en Buenos Aires.
Habíamos contratado un albañil para que hiciera unos arreglos en el departamento que había al fondo de nuestra casa.
El hombre se llamaba Edmundo y había sido recomendado por unos vecinos.

En el calor de la tarde Ana y yo nos habíamos recostado en nuestra habitación para hacer una siesta. Ella estaba bastante caliente, pero el calor no daba ganas de hacer nada y menos aún de tener sexo.

De repente ella se levantó de un salto, diciendo que hacía un buen rato que no se oía ruidos en el fondo; por lo que suponía que el albañil había dejado de trabajar.

Le dije que se quedara tranquila; tal vez estaba midiendo algo o pensando cómo continuar; pero Ana insistió y dijo que iría a controlar al hombre.
Se dirigió hacia allá y, al principio, solo hubo un silencio prolongado, pero después pude oír claramente unos murmullos creciendo en volumen, como si Ana y el albañil estuvieran discutiendo…

Me levanté de la cama y me acerqué a la ventana, desde donde podía observar lo que sucedía en el fondo, sin ser visto por ellos.

Ana estaba f***ejeando con ese hombre. Él la tenía abrazada con una mano por la cintura y con la otra le levantaba su minifalda de jean y le tocaba la entrepierna. Mi esposa se debatía tratando de evitarlo pero sin poder lograrlo.

Yo estaba a punto de salir para ir en defensa de mi mujer, cuando pude notar que ella bajaba los brazos en señal de rendición. Entonces decidí quedarme allí en las sombras y observar qué pasaba allá atrás…

Anita dejó de ofrecer resistencia y permitió que Edmundo continuara manoseándola. Su mano subió hacia la musculosa de algodón que llevaba mi esposa y comenzó a sobarle las tetas por encima de la tela. Ana gimió y volvió a debatirse un poco, pero no demasiado.

El tipo levantó la camiseta y entonces su mano llegó directamente a acariciar los pezones de mi mujercita, que se endurecieron al instante.
Luego su mano libre volvió a bajar, para acariciarle la concha por encima de la delgada tela de su breve tanga. Con el otro brazo seguía apretándola contra su fornido cuerpo.
Pude ver que Ana parecía estar bastante excitada…
No sólo lo dejó acariciarla sin más resistencia, sino que, además, separó un poco sus muslos para que la mano de Edmundo entrara con más facilidad.

El albañil, al darse cuenta que ella aceptaba sus avances, metió un dedo por debajo de la tanga y lo hundió bien profundo entre los labios vaginales de mi esposa. Ana levantó su mano para aferrarse de la nuca del hombre. Sus piernas parecían haberse aflojado y ya no la sostenían de pie.

De repente tuvo un intenso orgasmo que la hizo aflojar del todo. Quedó colgada del brazo de Edmundo, mientras lanzaba un agudo aullido de placer.

El albañil continuó explorando la vagina con su dedo y acariciando con suavidad los labios externos y el clítoris; hasta que Ana nuevamente dio otro pequeño grito y se mordió los labios para reprimir más aullidos.
Supe que había tenido un segundo orgasmo en manos de ese tipo.

Edmundo sonrió satisfecho y la soltó, permitiéndole a mi agotada esposa que se sentara en un banco de madera. Entonces se acercó a ella y metió una mano en su bragueta, sacando a la luz una verga erecta de un largo descomunal y un grosor considerable.

Ana se quedó con la boca abierta y con expresión de asombro mirando el tamaño de esa pija dura que tenía a escasos centímetros de su cara.

Edmundo tomó a Ana por la nuca y la obligó a acercarse a su pija. Ella otra vez intentó resistirse, pero un sonoro cachetazo en su bello rostro la convenció de que debía abrir la boca para recibir esa verga que le ofrecían.

Miró al albañil a los ojos y luego separó todo lo que pudo sus labios rojos; dejando que su boca lograra apenas tragarse la cabeza de esa poronga enorme…

Entonces el tipo siguió apretándole la nuca, haciendo que esa tremenda pija se deslizara casi hasta la mitad en la garganta de mi mujercita.
Ana tenía arcadas cada vez que la verga entraba en su boca; pero de todas formas, se las arregló para chuparla y comerla durante un buen rato.

De pronto Edmundo la aferró por los cabellos y la hizo levantar del banco; ordenándole que se quitara la tanga y se pusiera en cuatro sobre unos trapos sucios que había en el suelo.
Ana obedeció, pidiéndole que no la lastimara.
El albañil sonrió, llamándola “puta”…

Luego se arrodilló entre las piernas abiertas de Ana y la tomó con firmeza por la delicada cintura; para enseguida empalarse a fondo en un solo envión, aprovechando que esa concha ya estaba muy bien lubricada.

Mi esposa pegó un grito de dolor, pero se la aguantó bastante bien…
Al tipo no le importó si a ella le dolía o no. Simplemente comenzó a bombearla con bastante violencia, dedicándose a su propio placer…
Ana permaneció muy callada, mordiéndose los labios mientras sentía ese ariete duro entrar y salir con brutalidad de su humedecida concha.
El único ruido que podía oírse era el que producía el choque de sus dos cuerpos transpirados y enfebrecidos por la calentura.

Mientras observaba a mi mujer siendo poseída salvajemente por ese tipo tan desconsiderado, mi propia verga me provocó un intenso dolor, que pude calmar solamente masturbándome sin dejar de perderme detalle…

Edmundo le arrancó otro orgasmo en menos de diez estocadas.
Entonces Ana se transformó por la manera que estaba gozando y sufriendo con esa enorme pija entrando y saliendo de su vagina.
Comenzó a mover las caderas al compás de las embestidas de su macho.
De manera desafiante le pedía que la cogiera con más brutalidad; que estaba gozando como una perra por la manera en que la estaba cogiendo.

El albañil pareció excitarse con los ruegos de su “puta” y aceleró sus movimientos, arremetiendo con mucha más furia la concha de mi esposa.

Ana tuvo su último orgasmo y se le aflojaron los brazos. Cayó hacia adelante totalmente entregada y quedó casi inmóvil, con la cabeza apoyada sobre esos trapos mugrientos; los ojos desencajados y la boca entreabierta.

El albañil aprovechó esa falta de resistencia para redoblar su ímpetu y. después de varios violentos empujones, arqueó la espalda y anunció gritando que iba a acabar dentro de esa vagina tan apretada…

Dio una estocadas más y se desplomó sobre la espalda de mi esposa; sin sacarle la pija de adentro.
Unos segundos después se retiró y entonces un río de semen brotó de la concha de mi esposa. Volvió a tomarla por los cabellos y le metió esa verga ya no tan erecta en la boca a Ana; que no tuvo más opción que lamerla hasta dejarla limpia, después de tragarse hasta la última gota.

Luego Anita se puso de pie y se acomodó la falda de jean que tenía arrollada en la cintura. Se limpió la entrada vaginal con su pequeña tanga. El hombre se acercó a ella y se la arrebató de sus manos, guardándosela en un bolsillo como recuerdo.

Después hizo girar a Ana y la empujó contra una pared, haciendo que ella apoyara sus manos a la altura de la cara. Le levantó otra vez la falda y sin previo aviso le hundió un dedo bien profundo por la estrecha entrada trasera.

Ana aulló más por la sorpresa que por la brutalidad de esa intrusión anal.

El tipo sonrió y le preguntó a ella si yo le daba por el culo…
Ana pensó con rapidez y le mintió, contestando que yo no la sodomizaba porque tenía una verga muy gruesa que a ella le provocaba mucho dolor.

El hijo de puta largó una carcajada y le aseguró que la próxima vez que ella se apareciera por el fondo para controlar su trabajo; volvería con el culo bien roto y lleno de leche…

Mi esposa pareció asustarse con semejante amenaza y le dijo que nunca más le reclamaría nada ni lo controlaría.

Al escuchar semejante mentira, tuve la certeza que en la próxima semana, mi mujercita iba a regresar con la cola destrozada y rebosante de semen…

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