Anita en el octavo piso

Después de casarnos solamente nos alcanzaba el dinero para mantener un auto en muy buenas condiciones; por lo tanto, mi dulce Ana se conformaba con usar el transporte público para ir y venir de su trabajo.
Una tarde me llamó, diciendo que estaba agotada después de un día muy pesado y me pidió si podía pasar a buscarla a la salida esa noche.

Ella terminaría a las siete y me esperaría en la entrada del edificio.
Pero yo terminé con mis papeles antes de esa hora y entonces decidí entrar e ir a su encuentro, para darle una sorpresa.
Pero la sorpresa la iba a tener yo mismo.

Llegué al sexto piso, donde estaba ubicada la oficina de Ana, pero no pude encontrarla allí. Pregunté por ella a varios de los empleados, pero ninguno de ellos la había visto en la última hora.
Todos estaban yéndose a esa hora; pero alguien me sugirió que buscara a mi esposa en el octavo piso. Subí y comencé a recorrer los pasillos, pero todas las oficinas parecían estar vacías.

De repente me pareció oír unos gemidos ahogados detrás de una puerta.
Pensé que podía tratarse de mi esposa, pero al acercarme más, pude distinguir que se trataba de sonidos relacionados con el sexo…
Abrí la puerta muy despacio, con mucho cuidado para no hacer ruido.
Mis ojos se acostumbraron a la escasa luz que había allí adentro.

Mi dulce Ana estaba allí, reclinada sobre un escritorio con sus manos apoyadas sobre él. Mantenía el balance de su cuerpo con sus largas y torneadas piernas abiertas. Su falda estaba arrebujada en su cintura; pero, lo peor de toda esa escena, era un enorme hombre parado detrás de ella, con una gigantesca verga colgando fuera de sus pantalones.
Reconocí su uniforme, viendo que era uno de los guardias de seguridad del edificio. Estaba sosteniendo a mi esposa apoyando una pesada mano sobre la espalda de ella, para que Ana no pudiera levantarse del escritorio.
La otra mano se perdía entre los muslos abiertos de Ana; por lo menos, un par de sus gruesos dedos estaban explorando la estrecha vagina de mi delicada esposa.

Pude ver que sus dedos separaban los labios vaginales de Anita y entraban en su humedad. Ella suspiró y movió sus caderas al mismo ritmo que los dedos del guardia.
Un leve gemido escapó de su boca y entonces supe que el hombre había encontrado ese clítoris tan sensible. Seguramente Ana esperaba el próximo paso, teniendo ahora su concha bien lubricada y dilatada.
“Me gusta su culo, Señora Ana… y a Usted va a gustarle mi verga…”

De repente el hombre tomó a mi esposa por los cabellos y la hizo girar para enfrentarlo a él. Entonces hundió sus dedos pegajosos en la boca de Ana, sonriendo mientras le decía:
“Pruebe el sabor de su concha; Señora… Usted está muy mojada…”
No pude ver la expresión en la cara de mi esposa, pero estaba seguro de que ella disfrutaba esa humillación a la que el guardia la sometía…

El hombre la hizo girar otra vez, apoyando sus tetas sobre la tabla de madera. Sus cuerpos se apartaron y entonces pude ver la verga de ese hombre que estaba punto de cogerse a mi delicada mujercita.
Era una pija enorme y bastante gruesa. Supe que Anita iba a sentir dolor si ese hombre no la trataba con gentileza.
Ella le pidió que se colocara un condón; pero el hombre se largó a reír y respondió que le llenaría la concha de leche caliente y mi esposa iba a disfrutar de ello.

“Está lista, Señora…? Preguntó el tipo, mientras movía sus pies sobre los de Ana, para apartar un poco más las piernas de mi esposa.
Anita estiró sus manos hacia atrás y tomó esa enorme verga para guiarla hacia sus labios vaginales abiertos e invitantes. Luego tomó una bocanada de aire y contuvo la respiración.

El hombre de repente se hundió en ella con una sola embestida, llegando hasta el fondo de la estrecha vagina de Anita.
Ella gruñó, jadeó y aulló de dolor, inclinándose hacia adelante para facilitar la penetración.
El guardia comenzó a cogerla sin piedad, mientras Ana trataba de llevar su trasero contra el pubis de él; seguramente para aliviar el dolor…
Unos instantes después, pude ver que Ana se acariciaba los labios vaginales con sus dedos. Sabía seguramente que ese tipo iba a acabar antes que ella; por eso usaba la estimulación manual.
El guardia era un hombre mayor, de casi sesenta años, pero con una tremenda histamina; no mostraba signos de cansancio…
El tipo sintió que mi esposa acababa de repente, cuando el cuerpo de Ana se tensó y aulló de placer mientras temblaba en su orgasmo.
Entonces comenzó a bombearla con todo, cada vez más duro.

De repente pareció alcanzar el clímax. Se arqueó, tomando a Anita por sus redondas caderas y se vació dentro de su dilatada vagina…
Luego colapsó sobre la espalda de mi esposa y se quedó encima de ella por unos instantes. Finalmente se incorporó, sacó su verga todavía tiesa y comenzó a vestirse, mirando a Ana, todavía inclinada sobre la mesa.

“Se lo agradezco, Señora Ana… realmente necesitaba una concha así…”
Luego abrió otra puerta lateral y despareció de mi vista.
Anita permaneció unos instantes allí, reclinada con sus piernas abiertas. Una mezcla de fluidos salía de su enrojecida concha y se deslizaba entre sus muslos.

De repente se levantó y miró en todas direcciones. Yo sabía que necesitaba todavía más, porque no había quedado satisfecha con un solo orgasmo.
Se recostó de espaldas sobre un amplio sillón y abrió bien sus piernas. Lubricó un par de dedos con su propia saliva y los introdujo entre sus labios vaginales, tan profundo como pudo.

Cerré la puerta sin hacer ruido y me alejé despacio, mientras oía a mi esposa acabar a los gritos en medio del silencio de ese pasillo oscuro.
Tomé el ascensor y nos minutos después regresé al sexto piso. Allí encontré a mi adorada esposa, acomodando carpetas y papeles.
Ana sonrió y se arrojó a mis brazos.
“Llegaste temprano. Suerte… ya estaba aburrida de estar sola…”

Me imaginé que esa noche en nuestra cama ella no podría negarse a ser sodomizada; ya que su delicada concha estaría todavía inflamada y bien dolorida… Ese hombre realmente la había dejado bien arruinada…
También me prometí a mí mismo, que pasaría a buscar a Anita por su oficina al menos un par de veces por semana…

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