Ana y una revisión táctil

Hace varios años atrás, Anita y yo visitamos algunos amigos en Mallorca. Nos alojamos en un pequeño hotel, bastante cómodo. Una noche después de pasar el día con nuestros amigos, regresamos caminando al hotel.
En el trayecto encontramos una especie de tasca y entramos al ver que había bastante movimiento. Pedimos una mesa de quesos y algo de vino.

Un par de horas más tarde, ya ambos bastante empinados con ese rico vino, decidimos seguir camino hacia el hotel.
Anita se abrazó a mi cuerpo para no caerse redonda al piso. El vino le había hecho un buen efecto relajante, pero ella misma reconocía que se le había ido un poco la mano.
Apenas ganamos la calle, comencé a oír una especie de sirena.

De repente un par de hombres uniformados nos cerraron el paso; ordenándonos que los acompañásemos.
Un poco mareados Ana y yo por el exceso de alcohol, obedecimos sin pensar demasiado. Uno de los hombres le quitó el bolso a mi esposa y la tomó con firmeza de un brazo.
Un par de cuadras más adelante nos empujaron por un oscuro pasillo y finalmente llegamos a una especie de oficina interna.
Sentaron a Ana en un rincón y a mí en el otro opuesto. Ambos hombres salieron, pero enseguida regresaron acompañados por un tercero, que parecía ser el jefe del lugar.

Yo me sentía algo aturdido por el alcohol y Anita también era evidente que no se sentía nada bien. Seguía mareada y parecía algo aturdida.

El tercer hombre se sentó en un escritorio y se quedó mirándonos. Nos dijo que estábamos detenidos porque al salir de ese restaurant, la alarma anti robo había comenzado a sonar; por lo tanto, ellos suponían que nosotros habíamos extraído algo de ese lugar.

Al escuchar sus palabras quedé atónito; pero enseguida reaccioné diciéndole que estaban equivocados y podían revisarnos si querían…
Entonces me respondió que para revisar a mi esposa era necesaria la presencia de personal femenino y que ello podría ser posible recién por la mañana. Por ello, deberíamos quedarnos a pernoctar allí mismo.

Anita de repente se enderezó en su silla, diciéndole al hombre que ella no tenía ninguna objeción en ser revisada por ellos mismos…
El tipo nos miró fijamente, se levantó del escritorio y salió de la oficina, otra vez acompañado por los otros dos.

Entonces aproveché para levantarme y decirle a Ana que yo no iba a permitir que esos hombres la tocaran.
Pero ella sonrió y me dijo que me quedara tranquilo; me pidió que le siguiera la corriente y entonces en un rato estaríamos afuera de allí.

Al cabo de un par de minutos se volvió a abrir la puerta y entraron los tres hombres. El jefe se sentó en el escritorio y me preguntó si yo era el esposo de Ana y si consentía en que ellos, siendo hombres, la revisaran.
Recordé lo que mi esposa me había dicho y contesté que estaba de acuerdo y que les permitiría hacerlo…

El hombre se dirigió a Ana, ordenándole que vaciara su bolso en la mesa.
Ella de inmediato se levantó, parándose frente al escritorio y comenzó a sacar las cosas de su bolso; su celular, las llaves de la habitación, sus documentos y algún dinero.

El tipo comenzó a caminar alrededor de mi delicada esposa y en ese momento me di cuenta que sus hombres no le despegaban la mirada de las esbeltas y torneadas piernas de Anita.

Le ordenaron que se quitara el saco de algodón que llevaba. Luego que se quitara la blusa; pero Ana les advirtió que no llevaba ropa interior debajo…
Los tres hombres sonrieron ligeramente y me pareció ver una expresión de lujuria en sus miradas.
Estaban expectantes para ver mi reacción y la de Ana.

El jefe insistió, diciéndole que para la revisión, era necesario que ella se desnudara por completo. Mi esposa no dijo nada más; simplemente empezó a desabrochar lentamente los botones de su blusa, hasta dejarla completamente abierta y una vez así, tomo ambos extremos y se la quitó por completo dejando al descubierto sus hermosas y turgentes tetas.

Los tres hombres al verla así, sonrieron de manera maliciosa, porque sabían que todavía faltaba la mejor parte…
Ana los miró y uno de ellos le ordenó que se quitara la falda… pero que lo hiciera lentamente…

Mi esposa sonrió y llevó sus manos a un costado de su cadera, comenzando a desabrocharse la falda. Una vez que estuvo suelta, la tomó por ambos lados y lentamente comenzó a deslizarla. Primero dejó al descubierto sus caderas y después se agachó un poco, tratando de enseñarle las nalgas al tipo que estaba tras de ella. Finalmente la deslizó por sus piernas quitándosela por completo, después se la entregó al hombre que estaba parado delante de ella.

Los tres hombres se quedaron con la boca abierta ante la visión que tenían enfrente: mi esposa llevaba una diminuta tanga de seda negra que apenas le cubría el pubis depilado. Por detrás, un fino hilo se perdía entre sus firmes nalgas.
Así casi desnuda, Ana se llevó las manos a la cintura y preguntó si hacía falta que se quitara la tanga también…

Los tres tipos sonrieron y el jefe sentado en el escritorio le dijo que sí…
Entonces ella tomó la delicada prenda por los costados, la separó un poco de su cuerpo y lentamente comenzó a deslizarla por sus piernas; hasta que llegó a los tobillos y se la quitó, quedando así completamente desnuda.
Volvió a poner sus manos a la cintura y otra vez les preguntó desafiante si ya nos podíamos ir; era evidente que no traíamos nada robado…

El jefe se levantó del escritorio, rodeó a mi esposa y le dijo que la revisión ocular ya estaba casi terminada; pero todavía faltaba la revisión táctil…

Ana abrió la boca en señal de asombro; pero antes de que pudiera protestar, el jefe se dirigió a mí, diciendo que yo debería esperar afuera, mientras ellos terminaban de revisar a mi esposa…
No teniendo otra alternativa, me levanté de la silla y salí de aquella oficina.

Cerraron la puerta con llave y, durante casi media hora, pude escuchar a Ana gimiendo de vez en cuando, mientras el jefe le daba algunas indicaciones; aunque yo no podía distinguir lo que decía.
De repente me sobresalté al oír unos agudos aullidos y jadeos de mi esposa y algunos gruñidos de los hombres.

Me acerqué a la puerta para tratar de escuchar algo más, pero solo podía oír unos suaves gemidos de mi esposa. Cuando estaba por golpear para que me permitieran entrar; de repente se abrió la puerta y salió Ana, ya completamente vestida.

Me sonrió diciendo que ya estaba todo arreglado y que nos podíamos

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