Ana y el ascensor en el último piso

Después de vivir unos años en un edificio de departamentos muy bajo, que solamente tenía escaleras, Ana y yo nos fuimos al otro extremo: a una torre de casi veinte pisos, con cuatro ascensores…

Un día coincidimos ambos en el ascensor con una hermosa mujer joven, vestida con una minifalda muy provocativa, con una sonrisa a flor de labios y unas piernas realmente matadoras. Me quedé mirándola cuando bajó y de repente Ana me tocó el hombro, sacándome de mi ensueño:
“No te hagas ilusiones, amor, esa perrita callejera está casada… y su marido es un hermoso ejemplar de macho recio…” Dijo sonriendo.

Un par de días después me crucé con el marido en el pallier. Ana tenía razón; el tipo tenía toda la pinta de macho recio, con un físico trabajado en un gimnasio; muy apuesto realmente y muy agradable en el trato.

Le comenté el encuentro a Anita y ella se rió a carcajadas:
“Un día de éstos me lo voy a coger en el ascensor…” Dijo agresivamente.

Unas semanas después volvimos a coincidir en el ascensor y me llamó la atención que mi esposa tenía con ese hombre…
Algunas noches, mientras estábamos enredados en la cama, yo provocaba la calentura de Anita, pidiéndole que se imaginara que ese tipo estaba en mi lugar con su verga metida a fondo en su estrecha concha…
Ella instantáneamente se humedecía y explotaba en un tremendo orgasmo…
“Ya voy a lograr que me coja con esa verga enorme que tiene…”

Le pregunté cómo conocía el tamaño de su verga y me respondió riendo que había mirado el paquete que ese tipo cargaba en sus pantalones…

Cada vez que Ana llegaba a casa diciendo que había encontrado a ese tipo en el ascensor, yo le metía mi mano bajo la falda y encontraba su tanga completamente empapada…. No fallaba nunca.

Una tarde la pareja bajó en su piso y Ana me miró desafiante y con una tremenda expresión de calentura. Apenas se cerraron las puertas del ascensor, le metí mis dedos por dentro de su tanga y le hice una paja hasta que acabó en mi mano, antes de llegar a nuestro piso…
Unas semanas después, noté que Ana comenzaba a retrasarse en sus horarios de llegada a casa luego del trabajo. Cuando le preguntaba el motivo, ella siempre tenía una explicación convincente…

Una tarde estaba yo en la vereda de enfrente, cuando vi llegar a Anita a la entrada del edificio. Me demoré un poco en cruzar la calle y cuando entré al pallier, el ascensor ya estaba subiendo. Tomé otro y enseguida llegué a mi piso, pero entonces encontré que el ascensor que había tomado Ana, se encontraba detenido entre dos pisos…
Me resultó algo un poco extraño, pero de repente comprendí todo: Mi mujer se había quedado encerrada en el ascensor con nuestro vecino, no me quedaba ninguna duda…

De repente el ascensor comenzó otra vez a moverse, pero siguió viaje hasta el último piso, sin detenerse en el nuestro. Comencé a pensar dónde estaría mi dulce mujercita y entonces recordé que el último piso no tenía departamentos ocupados; era un piso casi fantasma…

Empecé a subir los escalones de dos en dos y con el máximo sigilo llegué a la última planta. Desde lejos, se notaba el temblor del ascensor producto de lo que pasaba adentro y se podía oír respiraciones agitadas mezcladas con gemidos femeninos que me eran muy conocidos.
La puerta del ascensor había quedado entreabierta lo mínimo para bloquear el sistema y la oscuridad de esa planta me permitía ver por aquella rendija con relativa tranquilidad.

No me había equivocado; allí estaban los dos; convirtiendo en realidad las bromas y fantasías que siempre comentaba Ana…
Mi esposa estaba apoyada contra un mamparo. Nuestro vecino le tenía una pierna levantada sujeta con el brazo y se la estaba cogiendo con desenfreno, mientras la tanga ya humedecida de Ana colgaba de uno de sus tobillos…

El tipo la tenía ensartada a fondo; la sacaba muy despacio y la volvía a meter con toda la furia. En cada embestida levantaba a Ana del suelo…
El hijo de puta se la estaba cogiendo de manera salvaje, sin saber que yo los estaba observando…
Ana gemía como una gata en celo y se le colgaba del cuello, la cabeza hacia atrás le resbalaba arriba y abajo por el espejo, sus ojos cerrados se abrían sólo cuando recibía una descomunal embestida; para pedirle que la cogiera todavía más duro…

En un momento, ella subió la otra pierna y enroscó ambas alrededor de su fornido cuerpo, ofreciéndole al máximo su concha caliente y chorreante…
El tipo comenzó a bombearla de forma frenética, sujetándola por las nalgas mientras se hundía a fondo en el delicado cuerpo de mi mujercita.

Mientras le rozaba con las yemas de los dedos su estrecha entrada trasera. Ana se deshacía y gemía: “Sí, así lo quiero, bien adentro…”
Yo podía ver claramente que se lo estaba metiendo poco a poco, mientras mi esposa trataba de abrir más su culo para facilitarle el acceso…
Comenzó a meter y a sacar su dedo con un movimiento paralelo al de su tremenda verga. Anita transpiraba, gemía desencajada, lloriqueaba y parecía estar a punto de alcanzar un orgasmo…

De repente él aceleró sus embestidas y empezó a rugir, bombeándole la concha cada vez con más frenesí. Entonces se vació, con un grito muy contenido. Ana acabó también, jadeando y al final aullando como loca, mientras su cuerpo temblaba con su intenso orgasmo.
El tipo ya no daba más; se dejó caer sobre Ana contra el mamparo del ascensor, totalmente agotado. Mi mujercita descabalgó de esa verga todavía endurecida y le agradeció el polvo…

Mientras empezaba a bajar los escalones sigilosamente, pude oír claramente que ella decía mientras ambos se vestían:
“La próxima vez, voy a dejar que me la metas por atrás…”
Ana tardó en llegar a casa; seguramente se entretuvo limpiando con su lengua esa tremenda pija que la había dejado tan satisfecha…

Cuando entró en casa, le dije con tono socarrón:
”Otra vez coincidiste con nuestro vecino en el ascensor…?”
“Sí… y otra vez me pegó una cogida infernal con su verga dura y gruesa”
Me respondió todavía con más sorna, sonriendo y levantando la falda…
Pude ver que se había puesto la tanga otra vez, pero una tremenda mancha de humedad denotaba que su concha rebalsaba semen…

La arrinconé frente a una pared cerca de la entrada: le bajé la tanga hasta las rodillas. Me sorprendió que ella se dejara hacer.
Al notar la punta de mi pija intentando entrar en su pequeño orificio trasero, intentó debatirse, pero la sostuve hasta que pude meterle la mitad de mi endurecida verga. Comenzó a patalear y a insultarme, mientras yo me dedicaba a embestirla con furia, con rabia…

Ana se aguantó la brutal cogida por el culo que le pegué contra la pared.
Cuando acabé dentro de ella, me salí y me senté en un sillón. Ana sonrió y me dijo que no había podido esperar llegar a casa… sentía que tenía la concha en llamas y justo tuvo la suerte de encontrar a nuestro vecino en el mismo ascensor….

“Ahora le puedo entregar la cola… así bien dilatada y lubricada por vos… me va a doler menos…”

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