Ana en la cama de Sergio

Esa tarde llegué a mi casa algo más temprano de lo habitual y encontré a mi dulce mujercita envuelta en una toalla, recién salida de la ducha, preparándose para una cita…
“En una hora me espera Sergio en su casa…”. Me dijo de manera lacónica.

Sergio, ese compañero suyo de la oficina, que se la estaba cogiendo cada vez que yo salía de viaje. Le pregunté si esta vez me dejaría presenciar su encuentro con ese tipo…
“Ningún problema, pero se mira y no se toca… callado y sin reclamos…”

Cuando salí de la ducha encontré una visión espectacular de Ana.
Vestido negro de encaje algo trasparente; bastante corto, ya que apenas le cubría sus redondeadas y firmes nalgas. Sus increíbles tetas se translucían y amenazaban con salirse, erigiéndose desafiantes pues al parecer el encaje las levantaba un poco más de lo que naturalmente se erguían…

También podía adivinarse los contornos de una diminuta tanga negra que le cubría el pubis depilado. La espalda iba al aire, totalmente desnuda.
Llevaba unos tremendos zapatos de taco alto negros que realzaban la hermosura de sus interminables piernas torneadas. No llevaba medias de nylon y sus uñas recién pintadas de rojo coral terminaron por excitarme; al punto de tener una tremenda erección mientras me secaba.
Alargué una mano hacia Anita y le dije que quería cogerla antes que lo hiciera ese estúpido, pero ella sonrió con sorna mientras me humillaba:
“Llevamos una semana sin que me cojas… ahora le toca a Sergio…”

Salió del dormitorio, diciendo que me esperaría en el auto.
Durante el viaje no hablamos demasiado, ya que Ana estaba concentrada maquillándose como una verdadera perra callejera. Se pasó una crema por las piernas, lo que hizo verlas más tersas y deseables. Acaricié sus suaves muslos e intenté meter mi mano entre ellos, pero fue inútil:

“No insistas, amor; esta entrada está abierta solo para Sergio esta noche…”
Me concentré en el manejo, mascullando mi bronca contra ese imbécil que iba a cogerse a mi mujercita esa noche… y yo lo iba a presenciar…

Apenas llegamos este tal Sergio salió a recibirnos. Pareció sorprendido de verme allí. Anita hizo las presentaciones:
“Mi esposo quiere averiguar por qué me gusta tanto coger con vos…”

Dijo Ana mientras el tipo la tomaba por la cintura y comenzaba a manosear su cuerpo por todos los rincones, empezando por ese firme trasero de mi voluptuosa mujercita y sus tremendas tetas. Le metió sus dedos por debajo del vestido y ella gimió al sentirlos dentro de su húmeda concha…

Mientras ese tipo la manoseaba, yo me acerqué a su bar y me serví una generosa ración de whisky, para luego sentarme a disfrutar del espectáculo que ellos iban a darme. Ya sentía mi verga palpitando en mis pantalones…

Sergio le quitó el vestido por encima de la cabeza; dejando a Anita solo en tanga y tacones. El ordinario la manoseaba vulgarmente y ella lo dejaba actuar a placer. Le lamía las tetas y le mordisqueaba los pezones, mientras ella gemía suavemente.
El estúpido parecía desafiarme; ya que, cada tanto, me lanzaba alguna mirada retadora mientras le sobaba el culo a mi esposa o le besaba el cuello.

Podía ver su dedo mayor perdiéndose entre los labios vaginales de Ana, todavía ocultos por esa tanga negra. Me imaginaba que mi mujercita estaría muy mojada. A veces parecía sentir dolor mientras el tipo la penetraba con sus gruesos dedos, pero ella nunca dijo que le dolía eso…

Cuando el tipo se hartó de tocarla, simplemente arrastró a Ana a su dormitorio. Allí comenzó a desnudarse frente a mi esposa. Ella quiso ayudarlo, pero él le quitó las manos autoritariamente, mientras la miraba con lujuria.
Cuando estuvo desnudo se tomó la enorme verga con ambas manos y me miró con algo de cinismo en sus ojos:
“Cornudo; sabías que mis amigos me llaman El Burro…?”

Volví a bajar mi mirada hacia su tremenda verga dura y entendí por qué además Anita estaba tan caliente y entregada a ese estúpido personaje.
Su verga era realmente enorme, mucho más grande y gruesa que la mía.
Mientras se reía de mi cara de asombro, arrancó la diminuta tanga negra de Anita de un solo tirón. La destrozó en jirones y los arrojó a un lado.

Luego empujó a Ana contra la cama, haciéndola caer boca abajo sobre el borde, quedando sus rodillas casi tocando el suelo. Enseguida metió varios de sus dedos en la delicada concha de mi mujercita, provocándole un gemido de dolor. Se notaba que ese hombre era bastante bruto…

Casi sin darle respiro a ella, frotó la cabeza de semejante verga entre los labios vaginales abiertos y mojados, para lubricarla un poco. Después escupió sobre su propia pija y antes de que Ana pudiera preparase para la penetración, el muy bruto se la metió hasta el fondo en una sola estocada; mientras me miraba con una sonrisa socarrona…

Ana sintió ese poderoso empuje y dejó escapar un lastimero aullido de dolor. Sergio la jaló por las caderas hacia arriba y Anita apoyó sus rodillas en el borde de la cama, recibiendo esa dura verga a fondo una y otra vez…

Me pareció que al tipo se le estaba yendo la mano con tanta violencia mientras cogía así salvajemente a mi esposa. Pensé en detenerlo, pero noté que estaba paralizado, clavado en esa silla, mirando con impotencia a mi delicada esposa recibir una cogida brutal por parte de ese mono…

Ana me miró a los ojos mientras el tipo la bombeaba. Luego bajó la cabeza y enterró su cara en una almohada, ahogando sus gritos; que ahora eran de pasión y lujuria, mientras ese estúpido Sergio la cogía sin demostrar cansancio, gruñendo todo el tiempo como un verdadero gorila…

Ella de repente le suplicó llorando que se detuviera, porque ya no aguantaba más, a pesar de que yo sabía que no había podido acabar, ensartada en esa dura verga.
Pero Sergio seguía bombeándola cada vez con más violencia, mientras me miraba a mi sonriendo…

Ana de repente levantó su cabeza y también me miró. Por sus mejillas caían lágrimas, pero yo supe que no eran de dolor por la furiosa embestida que sufría su delicada concha.
Me pareció que me pedía perdón con su mirada, por lo que iba a hacer en ese momento. De repente abrió la boca y aulló como nunca, mientras un tremendo orgasmo le recorría el cuerpo. Tembló durante unos segundos y después hundió nuevamente su cara contra la almohada, aullando y gritando como una loca, mientras Sergio la aferraba por las caderas y se enterraba cada vez más profundamente en su concha…

Después levantó otra vez la cabeza y me miró pidiéndome perdón… y otra vez acabó empalada en esa poderosa verga que no le daba respiro.
Cayó nuevamente rendida hacia adelante y en ese momento Sergio se tensó y le llenó la concha de semen caliente… haciendo que mi mujercita gimiera otra vez al sentir las descargas en el fondo de su vientre.

Sergio largó una carcajada y le pegó un par de palmadas en las nalgas a Anita, mientras le iba sacando su enorme verga todavía dura, haciendo gemir a mi esposa un poco más.

Me miró triunfante, alardeando de sus condiciones de amante…
“Ya ves por qué esta putita elige coger conmigo y no con vos, cornudo…”

No me importaba que me llamara “cornudo”, pero no me gustó la manera en que se refería a mi delicada mujercita, que le había proporcionado a ese imbécil bastante placer, permitiéndole que abusara de su concha a su entero antojo.
Me levanté de mi silla acercándome a él, que todavía sonreía cuando le crucé la cara con un tremendo puñetazo que lo derribó de la cama…

Después me incliné sobre mi esposa, que seguía respirando agitadamente boca abajo. Sus labios vaginales dejaban escapar ríos de semen; sus caderas mostraban algunos moretones y arañazos; mientras que sus nalgas estaban enrojecidas por las palmadas de aquel bruto ordinario.

Le susurré a Ana que ya era suficiente y que la ayudaría a vestirse para regresar a casa…
Pero ella levantó su cabeza y me sonrió débilmente, mientras susurraba:
“Yo voy más tarde… todavía me falta entregarle la cola…”

No pude soportarlo más. Sabía que Ana iba a disfrutar ser sodomizada con brutalidad por ese salvaje, pero no soportaba la idea de que el muy turro me humillara mientras estaba enterrado en el culo de mi delicada mujercita.

Me dirigí hacia la puerta de entrada y desde afuera pude oír claramente el aullido de dolor de Ana… ya había empezado a disfrutar la segunda parte del espectáculo…

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