Acorralada en el baño de hombres

Mientras estábamos de novios, Víctor y yo disfrutábamos de ir a bailar casi todos los sábados por la noche; solos o con algunos amigos.
En una ocasión nos recomendaron un bar que se había puesto de moda, en la zona cerca del río. Allí solamente concurría una selecta variedad de niños bien, que manejaban autos caros; sin dificultades económicas…
Esa noche había elegido un atuendo despampanante: una minifalda de cuero negro que mostraba muy bien mis torneadas piernas y una blusa muy escotada y pegada al cuerpo, que dejaba adivinar la firmeza de mis tetas.
Víctor me dijo que parecía una trola callejera buscando clientes…
Entramos y el bar estaba repleto, casi no cabía ni un alfiler, pero de todas maneras, nos abrimos paso hasta una mesa cerca de la barra y ordenamos unas bebidas. La música sonaba a todo volumen. Durante un buen rato estuvimos disfrutando del ambiente; bailando a veces de manera provocativa, rozando a otros tipos mientras yo miraba a Víctor a los ojos.
En un momento le dije a él que necesitaba ir al baño. En el camino sentí varios manotazos en mis muslos y hasta algunos pellizcos en mis nalgas.
El baño de damas también estaba lleno; así que tuve que esperar un poco antes de pasar. Después me retoqué el maquillaje y me peiné un poco.
Al salir me abordó un tipo bastante alto, que me apretó contra una pared y me hizo sentir su verga dura contra mi pubis. Me invitó a bailar, pero yo le dije que estaba acompañada. Insistió, pero zafé de su abrazo y traté de seguir mi camino.
Entonces me aferró una mano y luego me rodeó con sus enormes brazos. Me comió la boca de un beso y mientras tanto varios de sus amigos nos empezaron a rodear…
De repente noté que el tipo me levantaba en vilo y comenzaba a moverse llevándome en andas. Intenté patalear y grité para pedir ayuda, pero el volumen de la música hizo que nadie pudiera oírme.
Me metieron en el baño de hombres y trabaron la puerta después de entrar todos. Eran cinco hombres en total. El que me tenía alzada me dejó caer al suelo, haciendo que mi minifalda se arrollara sobre mis cachetes. La visión de mi tanga colorada metida a fondo entre mis nalgas hizo que algunos de ellos silbaran en aprobación; mientras todos se bajaban los pantalones…
Me levanté de un salto y traté de llegar a la puerta; pero estaba rodeada y entre todos, riéndose, me cerraron el paso. Los enfrenté, pidiéndoles que me dejaran salir de allí, pero entonces recibí una bofetada que me hizo caer al piso nuevamente.
El que parecía ser el líder me llamó “puta”, advirtiéndome que me callara y no pidiera ayuda, o todo sería peor para mí.
Se acercó de manera amenazante y me tironeó de la minifalda, logrando arrancarla de mi cuerpo. Mi tanga desapareció de un repentino manotazo. El tipo me dejó la camiseta sin tocar, porque dijo que mis pezones erectos a través de la tela lo excitaban mucho más que verme totalmente desnuda.
Me inclinaron sobre los lavatorios con espejos y me sujetaron entre varios para inmovilizarme. Me hicieron abrir las piernas y pude ver en el espejo al líder ubicarse detrás de mi cuerpo. Enseguida sentí que me tomaba por las caderas y empujaba su verga entre mis labios vaginales.
Comencé a gritar desesperada, mientras sentía su verga abrirse paso sin dificultad a través de mi humedecida vagina. Pero él siguió empujando hasta lograr meter totalmente su pija; sin importarle que yo aullara de dolor por ser penetrada así, sin lubricación ni dilatación previa…
La música se oía estruendosa incluso dentro de ese lugar, por lo cual nadie afuera podía oír mis lastimeros gritos de dolor.
El tipo comenzó a cogerme con un frenético vaivén de sus caderas, entrando y saliendo con rapidez de mi dolorida concha, haciéndome sentir que él era mi dueño y me poseía a su entera voluntad.
Lejos de detenerse con mis súplicas, el tipo parecía estar más excitado por mi expresión de dolor reflejada en el espejo y por ello metía su verga con más ímpetu, levantándome casi en el aire con cada embestida.
De pronto se tensó y se quedó quieto: arqueó su espalda y entonces sentí la descarga de su semen hirviente en el fondo de mi vientre.
Apenas me la sacó, otro de sus amigos ocupó su lugar a mis espaldas. Sin ningún aviso previo, me la metió a fondo de la misma manera que su compañero; otro me tomó por los cabellos y me hizo levantar la cabeza para que mirara por el espejo del lavatorio lo que me estaban haciendo.
Yo seguía gritando de dolor y suplicando, pero ya era imposible detenerlos.
El tercero dijo que mi concha ya estaba demasiado dilatada y llena de la leche de sus amigos; así que escupió sobre mi entrada anal y, a pesar de mis ruegos y mis gritos, comenzó a empujar la punta de su gruesa verga a través de mi muy estrecho esfínter anal…
Me hizo ver las estrellas y llorar de dolor; pero por suerte, ese tipo terminó rápido dentro de mi ano, aliviándome el ardor con su descarga de semen.
Los últimos dos volvieron a darme por la concha; agregando al final un poco más de semen dentro de mi dolorido cuerpo.
Los cinco quisieron intentar una segunda vuelta y todos lo lograron sin ninguna dificultad. Eran jóvenes y sus vergas no tenían problema en responder a los estímulos que les provocaba mi cuerpo desnudo y el poder de dominación que tenían sobre mí…
Casi todos esta vez probaron darme por el culo y entre todos me lo dejaron realmente bien abierto y muy dolorido. Cuando terminaron de cogerme, se acomodaron la ropa y desaparecieron del baño, dejándome tirada allí, sobre los lavatorios.
Como pude me incorporé y me miré en el espejo. Tenía el maquillaje a la miseria y mis cabellos con manchas de semen, igual que mi cara. No me habían obligado a abrir mi boca para meterme sus pijas, pero varios de ellos habían acabado fuera de mis dos orificios.
El ano me dolía horrores y sentía un intenso ardor en mi entrada trasera. El semen de esos hijos de puta se deslizaba entre mis piernas hasta mis tobillos. Me vestí con la minifalda que estaba tirada a un lado y lavé las manchas de semen de mi camiseta. No pude encontrar los restos de mi tanga desgarrada; alguno de estos turros se la había llevado de recuerdo. No tenía marcas en el cuerpo; ningún mordisco o arañazo. Tampoco ninguno de ellos se había ensañado con mis tetas y mis pezones seguían erguidos por la excitación…
Me lavé la cara y el pelo; me retoqué el maquillaje y finalmente respiré hondo, viendo en el espejo que no quedaban rastros de mi asalto por esos cinco pervertidos…
Salí del baño a los tumbos, porque realmente me dolía todo el cuerpo, en especial el culo, que me ardía como si estuviera en llamas. La música estruendosa volvió a invadirme y a dejarme casi sorda.
Busqué a Víctor y lo encontré conversando con alguien que estaba de espaldas. Me acerqué a ellos y mi sorpresa fue mayor cuando comprobé que se trataba del líder de ese grupo que me había cogido y sodomizado tan brutalmente dentro del baño de hombres… Del bolsillo trasero de sus pantalones asomaban los restos de mi tanga colorada…
Mi adorado Víctor sonrió al verme llegar:
“Amor, te presento a un viejo amigo de mi barrio, Eduardo…”
Lo miré con odio y le hice de lejos un gesto con la cabeza. Víctor siguió:
“Eduardo dice que este boliche no es conveniente para nosotros; hay demasiados tipos pervertidos aquí, podría ser un lugar peligroso…”

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