A mi sobrina le encanta cabalgar la reata

Ya antes he hablado de una de mis sobrinas quien encontró su vocación en una actividad que le rinde excelentes ingresos y harta satisfacción: el placer de ser sexoservidora.

Pero esta vez pienso referirme a mi otra sobrina, su hermana menor.

En este relato la llamaré Yesenia, ocultando así su verdadero nombre con el fin de proteger su identidad. Es la hija más chica de mi hermano y es todo un desmadre.

A diferencia de su hermana, aún no obtiene ingresos propios y pierde el tiempo desperdiciando su juventud; ni estudia ni trabaja. Bueno, supuestamente va a la prepa pero, la verdad, se la pasa faltando a clases para irse de desmadre con su novio Martín, quien tiene facha de ser todo un vago sin oficio ni beneficio, pues sus apariencias así lo delatan.

Siempre anda con pantalones sucios y camisetas mugrientas y desgastadas. Ambos se la pasan en conciertos, fiestas, toquines y, yo creo, fumando mota, por cómo huelen.

En fin, el incidente que estoy a punto de narrar ocurrió hace más de un año; me lo había guardado, dado lo morboso e íntimo del asunto, pero… ¿a quién más se lo cuento? Pues bien, mis sobrinas, desde que sus padres se divorciaron, solían pasar cierto tiempo con cada uno. Esa temporada, Yesenia estaba con su padre (aunque en realidad la pasaba en casa de su abuela ya que mi hermano, a sus casi cuarenta años, aún no se independiza y sigue viviendo con nuestra madre; ni siquiera tiene trabajo).

He de decir que la chiquilla se ha desbocado desde que sus padres se divorciaron; ella aún iba a la secundaria cuando eso pasó. Y ya por esos días se podía notar pa’ dónde tiraría.

De muy pequeña siempre fue del cuadro de honor y recibió reconocimientos e incluso becas, lamentablemente, tras la violenta separación de sus padres, todo cambió. La mayor parte del día se la pasa en la calle y engaña a sus papás al decirles que va a clases, cuando en realidad se la pasa con amigos o con su novio. Yo creo que este año escolar la truenan (y no del himen, que ese ya se lo tronaron hace unos años).

Yo ya estaba harto de tal farsa, pues Yesenia incluso le sacaba dinero a mi madre (quien, a decir verdad, la consiente demasiado), supuestamente para libros y útiles escolares, aunque en realidad se lo gastaba en otra cosa (pura hierba de la verde), así que ideé un pequeño plan. Imaginándome que, como en otras ocasiones, la chiquilla llevaría a su novio a la casa a escondidas de mi madre, decidí colocar una cámara oculta allí mismo, en su habitación, donde seguramente se encerraría con él.

La idea era grabarla, sin que ella se diera cuenta, para ver si efectivamente se la pasaba drogándose o dándose un caldo amoroso con el mugroso aquél. Luego de ver lo que hacía, se lo mostraría a mi madre para que se diera cuenta de lo que en realidad pasa bajo su propio techo. Y claro, hacerle ver que todo es gracias a la indolencia de mi propio hermano, quien no asume su responsabilidad de padre con la chamaquita.

Y es que el muy cabrón parece niño malcriado. Todo el día se la pasa tiradote en el sillón viendo televisión, sin importarle lo que pasa con sus hijas. Valiéndole madre, en una palabra (bueno, en realidad en dos) lo que va a ser de ellas.

Bien, pues, aprovechando que en el cuarto de Yesenia aún hay muchos muñecos de peluche (recuerdos de su niñez pasada), se me ocurrió esconder la cámara entre un montón de ellos.

Poco después le dije a mi madre que, si quería, la llevaba al mercado; así, bien sabía, la chiquilla actuaría a sus anchas al ver que su abuela estaría fuera de casa. Mientras salimos mi madre y yo, el inútil de mi hermano, como era habitual, permaneció echado en la sala, viendo televisión, sin preocuparse por lo que su hijita hiciera en su habitación. A él le valía si llevaba a un chamaco a su cuarto.

Ya por la noche, aproveché que Yesenia había salido a un concierto para entrar a su cuarto y recoger así la cámara.

En mi departamento, ya en privado, comencé a checar lo que el aparato había capturado. En efecto, mis suposiciones habían sido ciertas y mi sobrinita aprovechó la ausencia de su abuela para llevar un chico a su cuarto, sin embargo, no se había tratado de su novio Martín.

Aquel chico del video (según me pude enterar por la conversación que en la grabación sostenían él y mi sobrina) era un amigo de Martín quien le había ganado una apuesta. Según entendí, su premio consistía en poder metérsela a la novia de su amigo (o sea a Yesenia) unas veinte veces. Es decir que aquel joven moreno se la metería a mi sobrina con el permiso del novio, pero no se la tiraría libremente, sino que las metidas estaban contadas.

Mientras veía tales imágenes, no me podía creer con qué facilidad la muy putilla de mi sobrina obedecía al pendejo de su novio dejándose usar por aquel otro chico. Después de encerrarse con él en la habitación, y sin importarle que el vago de su padre estuviera acostadote a un par de metros de allí, Yesenia se recostó sobre su cama, se desabrochó cinturón y pantalón, y elevando sus piernas se las descubrió hasta las rodillas. Luego las flexionó sobre su pecho y también hizo a un lado su ropa interior, dejando su sexo respirar al aire libre (¡la muy golfa llevaba una tanguita minúscula!).

El chico, trepándose en la cama, se colocó panza abajo frente a ella y comenzó a lamerle su delicada pucha.

Le dio varias relamidas antes de voltearla y dejar a Yesenia en posición de perrito atropellado con el culito bien parado.

—Prométeme que no le contarás a nadie de esto, mucho menos en la prepa –mi sobrina le pidió¬ al chico y éste hizo un juramento entrelazando su dedo meñique con el de mi sobrina.

El chamaco aquel se bajó la cremallera del pantalón y (siendo honesto, para mi asombro) sacó una vergota larga (por lo que pude notar, parecía que procedía de ascendencia negra, pues, además del tono de piel, estaba bien dotado). Yesenia ni se inmutó de tan tremendo aparato, así que supuse que ya había visto otras falanges como esa.

Después de hundir su cara en la panocha de Yesenia (tratando de dejar bien lubricada la entrada) paseó su pedazo de carne por toda la línea formada por la hendidura que separaba las nalgas de mi sobrina, hasta su delicada raja. De arriba abajo y de abajo a arriba resbaló aquel instrumento. Después dio pequeños y pícaros golpecitos con la punta de su recto miembro sobre la vagina de mi sobrina.

Mi sobrina, harta de esos preliminares, con voz imperativa le exigió:

—¡Ya, dale! ¡Métemelo rápido, que va a llegar mi abuela!

El cabrón chico, en respuesta a la exigencia, le dejó ir de un solo empujón toda su hombría sin delicadeza, haciéndosela sentir hasta el mero fondo. En la cara de Yesenia pudo notarse una expresión que reflejaba su sentir, al tragarse de un solo bocado tremenda mandarria (ya decía yo que aquel carnudo bastón era demasiado para una plebita como ella).

El muchacho, así como la metió, la sacó enterita y la volvió a meter.

Pese a todo, después de la primera ensartada, a mi sobrinita no pareció hacerle mella las siguientes metidas, pues se supo tragar (vaginalmente) aquella tremenda longaniza masculina.

Aquel oscuro báculo de carne se hundió unas cuantas veces más de igual manera; de un solo empellón entraba tremenda mandarria (no cabe duda, aquel chico sí que supo desquitar dicha apuesta con aquella verga de burro que se cargaba).

En cada arremetida la cabeza de Yesenia corría el riesgo de estrellarse con la cabecera de la cama (tan fuerte eran los empellones).

—Bueno, ya estuvo bien. —por fin exclamó mi sobrina cuando se contaron las veinte ensartadas.

Las metidas estaban contadas y, acabado el número determinado, Yesenia ya se disponía a ajustarse el pantalón de nuevo.

El chico, sin embargo, le chilló pidiéndole seguir hasta que él pudiera terminar, pero ella se negó.

Pidió entonces que, por lo menos, le dejara chupar el culo que, según él, en la escuela todo mundo sabía que aquello le gustaba. Tras unos ruegos insistentes ella accedió.

—Bueno, está bien pero date prisa que ya mero llega mi abuela.

Se volvió a arremangar el pantalón hasta las rodillas y se puso en cuatro.

El chico, tras colocarse atrás de ese hermoso culito y hacer a un lado el hilillo de la tanga, lamió el pequeño orificio del escape cloacal de mi sobrina.

La niña hizo muecas chistosas tras aquella intrusión lingual; especialmente cuando él plegó su lengua en taquito y así la introdujo tanto como pudo. Era obvio que le gustaba y que, incluso, encendía sus fuegos uterinos (eso me pareció por el cambio en su tono de voz).

—¡Qué rico… ay, siento que me voy a cagar! ¡Ay ay ay… párale, párale o te juro que sí se me escapa un p**o!—expresó ella con cara de que lo decía enserio.

El chico dejó de darle lengua pero, como ya la había calentado, no tuvo problema para seguir introduciéndose en su ano sin negativa alguna, esta vez, con uno de sus dedos previamente lubricado con su saliva.

—¡Qué rico culo tienes! Está bien apretadito —le dijo el moreno muchacho, casi al mismo tiempo que sonó un: Pufff… indicando un ligero escape de gas intestinal por parte de mi sobrina—. Seguro que el pendejo de Martín ni siquiera te lo ha desflorado, ¿verdad? —continuó el chico, y posteriormente se relamió (¡sin asco!) el dedo que había estado en el ano de Yesenia para volvérselo a meter.

Luego metió hasta tres dedos en su vagina.

—Y la pucha la tienes bien mojadita, se nota que estás bien ansiosa. Quién te viera en la escuela… Anda déjame terminar.

La nena se hizo un poquito del rogar, pero al final:

—Mmmm… Bueno va, nomás no le vayas a contar a Martín que te permití culearme por completo, ¿Ok? Ni mucho menos vayas a pregonarlo en la escuela, no quiero que me vean como puta (“ja ja ja, como si no fuera cierto”, dije mientras miraba aquellas imágenes).

El chico ya había tomado posición y estaba a punto de clavársela por el recto cuando ella protestó.

—¡No! ¡Por ahí no! Tú la tienes muy larga. Me va a doler.

—¿Más larga que la de Martín? —preguntó malicioso el muchacho, refiriéndose a su amigo.

—Ay ya sabes, no te hagas —le contestó, sonriente, mi sobrina; dejando en claro que ese moreno muchacho estaba mejor dotado que su novio Martín.

Luego, aquél le dio de a perrito y más tarde de a piernitas al hombro. La chamaca lo gozó.

En la última posición quedaron: él recostado y ella sobre él. Yesenia se la clavó por propia mano y lo comenzó a cabalgar cual jinete, una verdadera gaucha innata se podría decir de sólo verla. Y de sólo verla se notaba que ella no se dejaba llevar ni que le marcaran el trote; en cambio ella se imponía. ¡Hasta en eso era rebelde!

Total que, en uno de aquellos vaivenes propios de la cópula, pude ver como el chico se contraía de los huevos, mientras que estiraba ambas piernas y los dedos gordos de sus pies se tensaban al máximo.

Mi sobrina se despegó de él de un salto, totalmente encabronada. El muy cabrón se le había venido sin decirle “agua va”. La chamaca apenas pudo evitar ser completamente llenada del semen de aquel hijo de mil putas, en su interior de niña – mujer. Puesto que claro, los muy irresponsables ni siquiera se habían m*****ado en usar condón.

(Luego porque hay tantos niños en el mundo hechos sin amor)

Ella se disgustó evidentemente y él se justificó escudándose en la cachondez de sus meneos, diciendo que fueron estos los que le hicieron venirse tan de pronto y sin previo aviso.

Mientras aún seguían discutiendo, se alcanzó a oír, desde fuera de la habitación, la voz de mi madre quien avisaba que ya había llegado del mercado. En chinga ambos adolescentes se vistieron y salieron apurados del lugar. Ahí terminó todo.

Después de haber visto aquella grabación decidí no mostrársela a mi madre. Preferí guardarla en secreto, ¡pues aquello me había prendido cabrón! (la mera verdad, me hago una chaqueta cada vez que la veo). Además, pensé: “lo más probable es que podré cachar a mi sobrina en otra de sus movidas”.

Cosa que ciertamente pasó más de una vez:

FIN

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