A merced de un intruso

A merced de un intruso

Durante mis primeros años de casada solamente trabajaba por las mañanas; lo cual me permitía a la tarde completar los quehaceres domésticos y concurrir a un gimnasio para mantenerme en forma.

Una de esas tardes, apenas traspuse la puerta de entrada, tuve un presentimiento de que algo no estaba bien. De repente una enorme mano tapó mi boca para evitar que gritara y un fornido brazo me levantó en vilo por la cintura desde atrás.
Estaba totalmente inmovilizada y sentí que mi atacante se dirigía hacia las escaleras, llevándome en el aire como si yo fuera una pluma. Al entrar en el dormitorio, me bajó otra vez al piso y me liberó de su abrazo.

Me giré para enfrentarlo. Era un gigantesco hombre negro, de apariencia bastante fiera; lo peor de todo era la enorme navaja que asomaba entre sus dedos.
“Tranquila, puta blanquita” Susurró moviendo la navaja frente a mis ojos.
“Vas a hacer todo lo que yo ordene y los dos vamos a estar bien…”

Comencé a temblar. En esa época de casada ya había tenido amantes, incluido algún negro enorme como este tipo, pero ninguno de ellos me había obligado por las malas a dejarme coger…

“Quiero que te desnudes para mí, puta blanquita”. Dijo, mientras volvía a balancear su navaja cerca de mi barbilla. Decidí obedecerle…
Me quité las zapatillas. Luego comencé a enrollar mi malla de gimnasia sobre la cintura. El negro entonces me detuvo con un gesto de su navaja.

“Tiene que ser algo más sensual… como lo haría una buena puta…”
“No soy una puta…” Le espeté, mascullando ya bastante bronca.
“Hoy vas a serlo… para mí…” Dijo muy serio, amenazándome con su arma.

Comencé entonces a moverme como si estuviera danzando, mientras me desnudaba con movimientos ahora un poco más gráciles y sensuales.
El enorme negro sonrió satisfecho y cuando terminé desnuda frente a él, me indicó la entrada al baño…
“Ahora vas a ducharte para que te quites del cuerpo el olor a transpiración”

Me advirtió, mientras me alcanzaba un par de toallas.
Caminé frente a él, sintiendo su hambrienta mirada devorando mi culo.
Estuvo presente mientras enjabonaba mi cuerpo; sus ojos ansiosos recorrían cada centímetro de mis curvas. Comencé a excitarme con ese negro. No sabía por qué, pero sentía que mi concha se humedecía…

Cuando terminé, él mismo me secó con las toallas, acariciando todo mi cuerpo con suavidad. Luego me tomó por la mano y me condujo de regreso al dormitorio. El negro había estado revisando mis cosas en mi ausencia.
Sobre el piso había ubicado un par de zapatos de taco aguja y medias de nylon negro. Me ordenó que me pusiera esas prendas.
Finalmente quedé como a él se le antojaba: vestida solamente con esos zapatos y medias que realzaban lo largo de mis interminables piernas…

Lo enfrenté ya sin miedo; sin intentar taparme, mirándolo a los ojos en forma desafiante…
El negro sonrió al ver mi determinación. Se acercó blandiendo su navaja y de repente sentí dos de sus dedos entrar entre mis labios vaginales. Dejé escapar un agudo grito de sorpresa. El negro me sostuvo con su brazo por la cintura y continuó hurgando dentro de mi ahora humedecida vagina.

“Hmmm, bien mojada… como debe estar siempre una buena puta blanca”
De repente me empujó hacia atrás, haciéndome caer sobre la cama. Caí de espaldas, pero las poderosas manos negras me tomaron por los tobillos y me hicieron girar boca abajo en el aire. El negro se subió sobre mis muslos, apretándome con el peso de su cuerpo. Tomó mis muñecas y las aseguró en mi espalda, pasando un grueso precinto entre ellas.
Ahora por fin me tenía totalmente a su merced.

Me hizo girar boca arriba y sonrió, mientras comenzaba a desnudarse.
La visión de su cuerpo desnudo me hizo excitar todavía más. Tenía un torso ancho y musculoso, igual que sus brazos y piernas. Pero lo mejor de su cuerpo era su verga negra: un tremendo pedazo de carne oscura de un tamaño gigantesco. Ya la tenía bien dura y erecta.
El negro abrió mis muslos y apoyó mis tobillos sobre sus anchos hombros.
Volvió a sonreír mirándome a los ojos y luego se deslizó despacio entre mis muslos, hasta que pude sentir su lengua áspera rozando mis labios vaginales.

El primer contacto me provocó un aullido de placer. Luego perdí la cuenta de la cantidad de orgasmos que ese negro hijo de puta me arrancó. Era un verdadero experto utilizando su lengua. Podía sentir mis flujos deslizándose entre mis muslos, mientras la lengua del negro recorría mi clítoris una y otra vez, sin darme respiro entre un orgasmo y otro. Por fin se detuvo…
Se incorporó en la cama, dejándome todavía caliente, a pesar de los innumerables orgasmos que me había provocado su prodigiosa lengua.

Lo miré a los ojos en silencio, como pidiéndole que no me dejara así, con semejante calentura. El negro sonrió, como adivinando mi pensamiento.
Me tomó por los tobillos y me hizo girar otra vez boca abajo, colocando un par de almohadas bajo mi vientre. Pude ver lo que se venía entonces.
“No, por el culo, no, por favor… “Supliqué desesperada, debatiéndome con las muñecas atadas a mi espalda.
“Esa verga es muy gruesa… me vas a desgarrar con eso por el culo…”
Pero el negro volvió a sonreír, diciéndome que me iba a sodomizar con mucho cuidado y que a todas las putas blancas les gustaba por el culo…

Un dedo lubricado con gel invadió mi trasero, pasando con facilidad a través de mi esfínter. Luego se sumó otro y después un tercero, empujando hasta lograr que mi ano bien dilatado pudiera recibir cualquiera otra cosa.
De repente sentí un dolor agudo que me hizo aullar, mientras el negro embestía mi estrecha entrada trasera con la punta de su verga tiesa.
Lo fue logrando de apoco, ayudado por el gel lubricante. Cuando giré mi cabeza, pude ver que toda su enorme verga había desaparecido por completo entre mis cachetes. Dolía mucho, pero pronto comencé a sentir placer.

El negro terminó de acomodarse sobre mi cuerpo y luego comenzó a bombearme el culo. Al principio fue despacio, pero luego comenzó a embestirme con un ritmo infernal, arrancándome alaridos de dolor.
Estuvo machacándome el culo por más de veinte minutos, hasta que por fin sentí el alivio que me daba la descarga de su semen caliente en el fondo de mi castigado ano.
El negro descansó unos segundos sobre mi espalda y luego fue sacando su verga muy suavemente de mi culo. Yo podía sentir su semen saliendo a borbotones y deslizándose por mis muslos hasta las sábanas.

Mi atacante me propinó un buen par de palmada en mis cachetes diciendo:
“A todas las putas blancas les gusta mi verga por el culo…”
Se vistió y amagó irse, pero entonces le supliqué que no me dejara así maniatada. No quería que Víctor me encontrara así en la cama; vestida como para coger y con semen ajeno manchando las sábanas.

El negro largó una carcajada y aseguró que esa noche mi esposo llegaría más tarde de lo habitual; por lo tanto, todavía teníamos tiempo para una segunda vuelta si yo me había quedado caliente…
Me quedé sola; debatiéndome para tratar de liberar mis muñecas. Finalmente pude cortar el precinto con un cuchillo.
Después de ducharme y vestirme, me sentí muy caliente, ya que el negro me había sodomizado brutalmente, pero mi concha pedía verga a gritos… no le había alcanzado solamente con esa áspera lengua del negro…

Me masturbé en la cama con las sábanas todavía sucias de semen. Cuando terminé y me di por satisfecha, ya casi era de noche.
En la mesa del comedor me sorprendió encontrar una caja grande llena de papeles. Estaba segura de no haberla visto más temprano…

El repique del teléfono me sacó de mis pensamientos. Era Víctor, para anunciarme que estaba demorado un poco en el trabajo.
Me preguntó alegremente si había recibido una caja con documentos que había enviado con un cadete de la oficina. Le respondí que lo había hecho y que además había atendido muy bien a su empleado… como debería hacerlo siempre una buena esposa…

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